miércoles, 12 de octubre de 2022

Poner Hache a la Hutopía

Dice Cortázar dice Oliveira en Rayuela, que es aconsejable saltar atrás cuando las grandes palabras solemnizan endurecen entiesan y mayormente se adueñan del razonamiento, a ponerles hache entonces para reírse un poco, un cascabel de hache al hamor, por ejemplo, una nariz roja de hache al horgullo.

Grandes palabras que así, tan enormes tan vastas son inalcanzables. Hay que traerlas de este lado, hacer que quepan en el bolsillo y se dejen acariciar, que se dejen estar en la concavidad de una mano de hombre, que al fin y al cabo es cosa pequeña.

Hay que abajarlas con un palo largo y latita en la punta para que no se estrellen contra el suelo, pero lleguen más que como estrellas como velitas de poner encima de la estantería, algo que sirva para iluminar y dé un poco de calor acá en la pieza, que en el cielo inalcanzable sirven para hacer discurso pero allí quedan, lejos y sin posibilidad de uso.

Basta de utopías. Hutopías, entonces, haceres más que decires aunque por acá abajo se resquebrajen un poco, muestren la hilacha, tengan muescas.

Hay que animarse, claro. Siempre es menos complicado mirar de lejos y lamentarse de la imposibilidad de acceder a los cuerpos platónicos, que tan lindos son y tan poco se ven por acá en mi barrio. Y a la perfección habría que ponerle una hache aunque no le pegue, aunque haya que abollarla un poco o usar cinta adhesiva. Habría que intentarlo, ¿no te parece?, a ver qué pasa.

Tener sueños himperfectos pero sueños y realizarlos himperfectamente, y ser himperfectamente felices como se debe, en vez de darnos a la perfecta infelicidad del nosepuede.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

El beso que le doy

El beso que le doy es suyo.

No debe adquirirlo en el mercado,

no sacará un crédito

no se le reclamará una cuota

ni bono

no lo recibirá fallado.

No deberá cerciorarse de que funciona

ni justificar que le sea necesario.


El beso que le doy es suyo

sin hipotecas,

sin cola en el banco.

No llenará formularios

para que cubra sus párpados.

No firmará al pie de un documento

ni llevará garante.

No traerá solicitud

birome negra

letra imprenta mayúscula

duplicado.


Tampoco se le exigen

promesas acuciantes

rodillas en el suelo

manos juntas

actitud de suplicante.


Era mi beso y ahora es suyo.

Yo

se lo regalo.



Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

sábado, 8 de octubre de 2022

Honrar la vida

En el noroeste de Mongolia todo el mundo se muere, pero las personas no mueren. Se lo dice el papá a Nansal, una niñita de ojos rasgados en un redondo rostro de manzana.

El budismo los provee de un inagotable círculo de vidas que el alma recorre pasando de un arbusto a un camello, de un camello a un buitre, saltando de ser a ser, hermanando plantas, animales y seres humanos en un hálito eterno que se manifiesta multiforme y vital. La muerte no tiene más relevancia que el cruce de un umbral. No angustia ni aterroriza. Los niños sólo sienten la curiosidad de quien se pregunta qué vestido usará mañana, qué abrigo le tocará en el invierno próximo.

Pero no todas las vidas son iguales. Las personas poseemos una fineza de percepción, la capacidad de razonar y sentir con mayor agudeza que un yak o una cabra. Esos atributos son invalorables. Podemos, también, mirar las estrellas, contar historias, acariciar un perro dormido. Somos capaces de amar.

Volver a pisar el mundo como un ser humano es un privilegio.

Una anciana recibe en su yurta a la niña que se ha mojado en la lluvia.

Toma un cazo con arroz, una aguja larga, y con la aguja en una mano derrama sobre ella puñados de arroz que caen como lluvia blanca. Le pide a la niñita que le avise cuando un grano caiga sobre la punta de la aguja. Puñado tras puñado, la atenta mirada no logra encontrar que el milagro acontezca.

La pequeña mujer arrugada y sonriente le cuenta a la niña que en el mundo existen infinidad de seres, y que la posibilidad de reencarnarse en una persona es tan remota como la de que un grano de arroz caiga en la punta de la aguja. Así de esquivo es el milagro, así de difícil es ser un ser humano, y es por eso que cada vida humana es inapreciable.

Ha de celebrarse, entonces, la vida humana. Y respetarla con la devoción con la que se preserva un frágil fuego en medio de la noche.

Lo dicen los mongoles, allá por donde China y Rusia se confunden. Nos lo cuenta la directora Byambasuren Davaa, que quiso que su pueblo narre a través de sus filmes esa forma de vivir, sentir y explicar el universo.

Ellos, los mongoles budistas que creen en un eterno pasaje de vidas, reverencian la maravilla de ser una persona y de tener la suerte de pertenecer por unos años al género humano. Nosotros, que no prestamos fe a historias de reencarnaciones, que creemos que esta vida es única, despreciamos a nuestros semejantes y no honramos el maravilloso don de la humanidad que se nos ha concedido y reside en nosotros. Mancillamos el milagro, desperdiciamos la esquiva oportunidad de ejercitar los dones que nos fueron hechos. Si podemos amar, si podemos mirar la luna, si podemos narrar historias; entonces es nuestro deber hacerlo y por tanto, como lo cantó Eladia Blázquez, honrar la vida.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

sobre la película de Byambasuren Davaa El perro mongol, 2005

El libre albedrío y los cables

Hace mucho tiempo que un cable de teléfono que cruzaba el patio ya no está. Lo habían colocado así, aéreo, y en diagonal dividía nuestro pequeño cielo. Ahora se ha subordinado a las rectas ortogonales que delimitan las casas linderas, y ha sido adiestrado para no separarse de los muros.

Sin embargo, el cable línea negra, trazo de pincel de fileteador, sigue allí. No se ha perdido ni ha sido velado por las oscuridades de la memoria.

En los tiempos en que todavía cercenaba el celeste día o el azul noche, los aviones seguían su dibujo oblicuo en perfecta paralela. Las distancias serían divergentes, pero a nuestros ojos los aviones corrían sobre la cuerda como los payasos montando sus bicicletas bufas en la altura vertiginosa de los circos.

Los aviones, ahora que el cable ya no está, siguen, sin embargo, obedeciendo al designio de trazar la recta invisible, y corren sobre el riel de nubes y rayos de luna.

El cable ya no está. Lo reinstala cada máquina plateada que se enrojece en la última luz de los atardeceres.

Pregunta mi madre que cómo recuerdan los pilotos por adónde pasaba el cable. Es una broma, claro. Pero, para nosotras, es más real el cable hilado de recuerdo y pájaro posado que esas flechas brillantes allá arriba, tan lejos. Las flechas brillantes, al fin y al cabo, responden al mandato de continuar transitando por el sedero invisible. Siendo tan ancho, tan vasto, el cielo.

Escucho una campanilla y me brinca el corazón, se detiene un momento en mi pecho. La campana de la abuela que hacía sonar cuando todavía no había muerto, y el sonido de campanilla era el apuro de llegar al lecho. Campanilla en la quietud del día, agitación y desasosiego. Pero ya, hace tiempo, la abuela ha muerto.

Paso por la boca del pasillo, allá en el fondo, mi rostro en el espejo. Me sobresalta mi rostro en el espejo. Mi madre lo había quitado y lo ha vuelto a colgar. Me asusta esa figura que me mira, tan parecida a la imagen que de mi tengo, siempre mirándome de frente. No debía estar allí esa mujer sobresaltada.

No digo ciertas palabras, hay cosas de las que no quiero hablar. Mi padre ya no está. Pero no digo ciertas palabras aquí, no hablo de ciertas cosas.

Cables, cables. No los ven los demás. Cables que están para uno, negros y gruesos. Caminamos en paralela a su dirección exacta, hacemos diagonal para molestarlos, los negamos en zigzag. Pero los vemos. Ahí están. Nítidamente trazados los senderos cruzando al través los huesos.

El avión sigue su camino, no lo sabe, dibuja una línea que ya no está. La crea. La resucita. Dibuja un recuerdo, un mandato, dibuja sin saber el rostro de los antepasados, las tardes de angustia, las niñeces de verano, el estornudo del rabino en la sinagoga que se escuchaba en toda la cuadra, dibuja lo que hice, lo que no voy a hacer, lo que hago por contrariar y mi, también, descrédito de lo que se puede nombrar como destino.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

Eclipse oculto

El eclipse sucedió allá lejos, muy lejos, tan arriba en esa luna familiar y extraña, la luna siempre la misma, presente en las noches que no vemos y en las que vimos.

Se ha obscurecido la luna, se ha puesto roja, ha revelado su superficie convexa de esfera celeste. Allá detrás de las nubes, para otros ojos, para quien no se halle debajo de las nubes nocturnas que se empeñan en ser garúa para regalar un entramado sutil en los faroles.

Desde aquí y tras las ventanas hemos visto oscuridad y agua, hemos visto la textura móvil de las gotas minúsculas, y hemos apenas presentido que la tierra negó la luz del sol a nuestra siempre luna. Eclipse sin ojos, eclipse ciego.

Sabemos con las yemas de los dedos, con los vellos sensibles del borde del espíritu, con un leve temblor de la piel sabemos que esta noche y para nadie la luna se vistió de largo, se puso pendientes, se engalanó y bailó con gasa transparente. Hoy la luna puso fanal a la bombilla, se soltó la cabellera, se recostó en los cielos y extendió rubor en las mejillas.

Impúdica luna la luna a media luz. Luna de otoño, luna desvelada.

Horadan mis ansias esta lluvia y estas nubes. Detrás ha ocurrido el eclipse, y ya ha acabado. No lo vimos. Pienso que no veré muchos más.

Recuerdo otros.

Inclina a la meditación un hecho único y precioso. Nos deja a solas con los pasados en sepia y los mañanas de incertidumbre.

Siento la precariedad de mi silueta contra el negro de la noche. Ruego que me vea el hombre cuando ponga fanal a mi bombilla, cuando baile a media luz, cuando deje caer los velos.

Que no ciegue la lluvia a mi amor. Que no me oculten de él ni estas nubes ni otras aguas.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

El precio

Él iba a su departamento algunas veces. Le avisaba el mismo día por teléfono, charlaban con un vino cabernet hasta la medianoche, hacían el amor furiosamente, se despedían con un beso cálido, no volvía hasta que lo reclamaba la necesidad de verla.

Había pasado todo un año de citas hermosas y únicas, que la llenaban de deseo y le ponían una sonrisa luminosa en los ojos.

Ella quiso que su amante se le hiciera novio.  ¿Es que acaso no me necesitas?, le preguntó.  No, dijo él.  No me eres indispensable, eres un lujo.

La mujer buscó un hombre para quien no fuese chocolate, sino pan y sal.

Lo halló. Dio en casarse. No fue feliz.

Su marido la consideraba necesaria como el pan y la sal, cotidiana, así de barata.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

El nombre técnico

Gracias a José Felipe


Lo contó con gracia José Felipe en el fondo de mi casa, medio oculto tras una botella de cerveza, con acento extranjero en la noche tórrida de Santa Fe. Le tiraba la pelota a la Beltza, quien feliz por haber conseguido un nuevo amigo destrozaba las plantas perimetrales del jardín y levantaba aromas de melisa, de albahaca, de hierbabuena, de romero; perfumando la cena.

La narración nos llevó al África.

El oficial andaluz daba la instrucción a las tropas de conscriptos españoles en la colonia. De entre las malezas surgió un lagarto. Se produjo una discusión sobre la forma correcta de nombrar al animal. Unos decían que era un lagarto, otros, quién sabe por qué, lo llamaban legarto.

Como no había acuerdo en la tropa, con suficiencia y para zanjar la cuestión, el oficial tomó la palabra y dijo que, efectivamente, la palabra correcta era lagarto, pero que el nombre técnico técnico es bisho.

Esto le sucedió al yerno, todos festejamos la anécdota. Después la imaginación y la imperdonable intelectualización hicieron el resto.

El lagarto se perdió entre los yuyos sin reírse. Sabía perfectamente que lagarto o bicho lo mismo da, el nombre que lo contiene lo conocen él y su demiurgo, y nadie puede poseer aquello que desconoce. Como nada conocemos, nada poseemos, y sólo podemos destruir sin aprehender la esencia.

¿Cuál es mi nombre, me pregunto? ¿Qué ignotos sonidos, qué obscuros símbolos te expresan?

Y decimos lagarto o bicho, y creemos saber lo que ignoramos. Y nos reímos del andaluz, que ciego entre los ciegos consigue al menos ostentar cierto grado de certeza.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com