Gracias a José Felipe
Lo contó con gracia José Felipe en el fondo de mi casa, medio oculto tras una botella de cerveza, con acento extranjero en la noche tórrida de Santa Fe. Le tiraba la pelota a la Beltza, quien feliz por haber conseguido un nuevo amigo destrozaba las plantas perimetrales del jardín y levantaba aromas de melisa, de albahaca, de hierbabuena, de romero; perfumando la cena.
La narración nos llevó al África.
El oficial andaluz daba la instrucción a las tropas de conscriptos españoles en la colonia. De entre las malezas surgió un lagarto. Se produjo una discusión sobre la forma correcta de nombrar al animal. Unos decían que era un lagarto, otros, quién sabe por qué, lo llamaban legarto.
Como no había acuerdo en la tropa, con suficiencia y para zanjar la cuestión, el oficial tomó la palabra y dijo que, efectivamente, la palabra correcta era “lagarto”, pero que el nombre técnico técnico es “bisho”.
Esto le sucedió al yerno, todos festejamos la anécdota. Después la imaginación y la imperdonable intelectualización hicieron el resto.
El lagarto se perdió entre los yuyos sin reírse. Sabía perfectamente que lagarto o bicho lo mismo da, el nombre que lo contiene lo conocen él y su demiurgo, y nadie puede poseer aquello que desconoce. Como nada conocemos, nada poseemos, y sólo podemos destruir sin aprehender la esencia.
¿Cuál es mi nombre, me pregunto? ¿Qué ignotos sonidos, qué obscuros símbolos te expresan?
Y decimos lagarto o bicho, y creemos saber lo que ignoramos. Y nos reímos del andaluz, que ciego entre los ciegos consigue al menos ostentar cierto grado de certeza.
russomannomonica@hotmail.com
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