Hace mucho tiempo que un cable de teléfono que cruzaba el patio ya no está. Lo habían colocado así, aéreo, y en diagonal dividía nuestro pequeño cielo. Ahora se ha subordinado a las rectas ortogonales que delimitan las casas linderas, y ha sido adiestrado para no separarse de los muros.
Sin embargo, el cable línea negra, trazo de pincel de fileteador, sigue allí. No se ha perdido ni ha sido velado por las oscuridades de la memoria.
En los tiempos en que todavía cercenaba el celeste día o el azul noche, los aviones seguían su dibujo oblicuo en perfecta paralela. Las distancias serían divergentes, pero a nuestros ojos los aviones corrían sobre la cuerda como los payasos montando sus bicicletas bufas en la altura vertiginosa de los circos.
Los aviones, ahora que el cable ya no está, siguen, sin embargo, obedeciendo al designio de trazar la recta invisible, y corren sobre el riel de nubes y rayos de luna.
El cable ya no está. Lo reinstala cada máquina plateada que se enrojece en la última luz de los atardeceres.
Pregunta mi madre que cómo recuerdan los pilotos por adónde pasaba el cable. Es una broma, claro. Pero, para nosotras, es más real el cable hilado de recuerdo y pájaro posado que esas flechas brillantes allá arriba, tan lejos. Las flechas brillantes, al fin y al cabo, responden al mandato de continuar transitando por el sedero invisible. Siendo tan ancho, tan vasto, el cielo.
Escucho una campanilla y me brinca el corazón, se detiene un momento en mi pecho. La campana de la abuela que hacía sonar cuando todavía no había muerto, y el sonido de campanilla era el apuro de llegar al lecho. Campanilla en la quietud del día, agitación y desasosiego. Pero ya, hace tiempo, la abuela ha muerto.
Paso por la boca del pasillo, allá en el fondo, mi rostro en el espejo. Me sobresalta mi rostro en el espejo. Mi madre lo había quitado y lo ha vuelto a colgar. Me asusta esa figura que me mira, tan parecida a la imagen que de mi tengo, siempre mirándome de frente. No debía estar allí esa mujer sobresaltada.
No digo ciertas palabras, hay cosas de las que no quiero hablar. Mi padre ya no está. Pero no digo ciertas palabras aquí, no hablo de ciertas cosas.
Cables, cables. No los ven los demás. Cables que están para uno, negros y gruesos. Caminamos en paralela a su dirección exacta, hacemos diagonal para molestarlos, los negamos en zigzag. Pero los vemos. Ahí están. Nítidamente trazados los senderos cruzando al través los huesos.
El avión sigue su camino, no lo sabe, dibuja una línea que ya no está. La crea. La resucita. Dibuja un recuerdo, un mandato, dibuja sin saber el rostro de los antepasados, las tardes de angustia, las niñeces de verano, el estornudo del rabino en la sinagoga que se escuchaba en toda la cuadra, dibuja lo que hice, lo que no voy a hacer, lo que hago por contrariar y mi, también, descrédito de lo que se puede nombrar como destino.
russomannomonica@hotmail.com
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