domingo, 25 de septiembre de 2022

Balcón al abismo

Las quintas son lugares donde la gente siembra vegetales, donde se cosechan frutas y el quintero recolecta sus repollos o pimientos con sombrero de paja y camisa a cuadros. Eso eran las quintas en mi librito de segundo grado; sin embargo, aquí las quintas son lo que queda de ese pasado campesino. Nombrarlas es decir caminos de arena con enormes eucaliptus, álamos que imitan el sonido del mar con el follaje abundante, perros acostumbrados a aquerenciarse a cualquier vecino con asado en la parrilla, pájaros y chicharras estridentes, casas de campo en cuadrados más o menos espaciosos, alguna lancha bajo un tinglado de chapa, quizás, un montón de piñas para encender los fuegos de la noche, gente haciendo ocio, podando las ramas indisciplinadas, pintando con pincelito de fin de semana los sillones de hierro.

La quinta, falso rancho, falsa vida cercana a lo montaraz, ilusión de naturaleza y lejanía, una vida salvaje encuadrada, regada, podada y con abundante cloro para mantener el agua impoluta. Hasta el río tan cercano, marrón y violento, está enjaezado con embarcaciones prolijas como un inquietante semental cepillado y limpio en la Sociedad Rural.

Es lo que podemos tener de silvestre, es lo que en realidad podemos tolerar a estas alturas de toda una vida de caminar con zapatos y usar acondicionador de cabellos.

Un poco más allá del alambre tejido del perímetro comienza la oscuridad, los abismos de los cielos estrellados, el arrastrarse de alimañas entre pastos sin segadoras ni rastrillo. Un poco más allá del orden se crece un caos de seres innominados, desconocidos, se crece un espacio excesivamente vasto. Es el abismo con su oscura muerte agazapada.

No deseamos tanto al fin y al cabo. Como quien busca la dosis de vértigo en una montaña rusa de feria, nos satisfacemos con la suficiente ilusión de naturaleza propiciada por el césped amable, la rectamente recortada porción de agua en la piscina celeste.

Decimos que amamos la naturaleza mientras nos untamos con protector solar, vacunamos al perro, le sacamos una foto de lejos a la culebrita verde que apareció muerta al lado del limonero. Me encanta la vida de campo, decimos, abriendo la garrafa de gas como quien arriesga una picada en el monte donde no hay señales, como quien se entrega con la canoa a los meandros incognoscibles y complejos, como quien oye el mono aullador y sabe que está solo en la maravilla atroz de la selva que oculta sus cadáveres y sus insectos.

Y para qué más.

Que otros buceen en los abismos. Los tiburones son meras referencias culturales, los leones son metáforas, el tigre nos remite a Borges en su biblioteca de fractales, con lámparas de cristal verde y libros editados en ocho cuartos, tapas de pasta. Pero el olor del tigre, pero el erizarse de chillidos, pero la presencia ominosa.

A otros la cercanía de la verdadera oscuridad. Y sin embargo esos resquicios, esas junturas que no termina de sellar el mundo seguro, sin embargo y así las cosas.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

Tenés que elegir

Hace muchos años en los patios de la escuela se formaba un trencito, y dos chicos hacían de barrera. Cuando atrapaban al último vagón entre los brazos le decían “frutilla o chocolate”, y el chico elegía frutilla o chocolate (no otra cosa, otra cosa no se podía), y se colocaba detrás del niño frutilla o el niño chocolate. Ganaba el que quedaba con la fila más larga detrás de sí.

Ahora el gobierno y el campo nos piden que nos encolumnemos, también, sin darnos demasiada opción de elegir algo diferente a las dos únicas posibilidades.

Un problema económico se transformó en político y acabó en ideológico.

Los del campo se negaron a desalojar las rutas, desobedeciendo una orden judicial. El gobierno no da quórum para tratar el problema en el Senado. Los manifestantes peronistas llevaban palos y la policía los dejó correr a los contrarios. El país entero es rehén en el conflicto.

Todo está permitido. Los trasfondos son tan oscuros que todos pueden sacar basura de los otros armarios y arrojársela a la cara. En algún punto tienen razón, todos, especialmente cuando esas razones están fuera de contexto.

Y la sociedad se divide. Y volvemos a “los negros de mierda” versus “la gente que quiere trabajar”. El peor de los fracasos, el más miserable de los retrocesos. A favor o en contra, no se aceptan críticas, sólo adhesión incondicional.

Seré ingenua, no creo que este gobierno encarne el ideal socialista. No creo, tampoco, que toda la gente que apoya al campo sea de derecha. No creo que se busque un golpe de estado. No creo que la gente tenga que optar entre dos ideologías. Al menos no por ahora. Salvo que sigamos por esta vía muerta que termina en un enorme paredón sin salida.

Yo no quiero ni frutilla ni chocolate, o quiero las dos. Se puede. Para eso está la democracia. Pero para eso están los instrumentos democráticos, no los cortes de ruta, no los actos de apoyo o rechazo, no los discursos de barricada ni los emisarios bravucones.

Yo quiero legalidad para todos. Normas claras y vigentes para todos. Justicia social de veras y también, y especialmente en las provincias pobres (que la justicia social sea una bandera que nos una, no una pertenencia partidaria). Y que nuestros representantes nos representen. No hay otra manera de que funcione la cosa.

Frutilla, chocolate, dulce de leche, vainilla. ¿No era éste un país generoso?


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

sábado, 24 de septiembre de 2022

De vuelta

A la vuelta de París en el TGV volaban los pastos, las casas, el campo francés corría hacia atrás y los regadores enormes por aspersión creaban arcoíris que corrían corrían a la vera del tren. Llegando a los Pirineos, la mentirosa sensación de vuelta a casa, Euskadi ya presente en los caseríos blancos y las puertas y ventanas como de caballeriza, sin aberturas en los postigos a dos hojas.

Y en París el mundo, japoneses, enormes altísimos escandinavos diluídos los colores salvo en los mofletes pincelados en riojo señal, japoneses multiplicados, árabes mujeres cubiertas, negros y más negros prietos, nocturnos, los negros limpiando barriendo, llevando cajas.

La tour Eiffel parecida a sí misma, medio grisecita, un color arratonado. Visible desde el Sena, desde todos lados. Mucho dorado pero dorado deslumbrante en los monumentos, la punta del obelisco, estatuas completas de oro al sol. El pont Neuf, que si alguien vio la película, bueno, ahí están los clochards. Y los artistas callejeros, y láminas antiguas bellas, hermosas láminas de coleccionistas de mariposas, de flores, de mapas. Libros y libros, CDs como los que compramos con mamá ¿Cuáles? Jacques Brel y La Piaf. Y lleno de gorriones, hablando dela Piaf, compitiendo en velocidad con las palomas a la hora de conseguir unas miguitas.

Notredame enorme, enorme, trabajada cada piedra, con miles de personas hermanadas por el cuello torcido hacia las alturas en penumbras. Y un concierto de órgano, tenemos demasiada suerte. Un concierto de órgano en Notredame. Y fieles e infieles admirando la belleza dedicada a un cierto Dios que ya no está.

El paseo por el Sena con tantos puentes, cada uno rival en hermosura y en historia. La isla de la cité como un barco en el centro. Los parisinos tomando sol como quien va a la costanera. Ya sin ver lo habitual, como los perritos paseados por históricos lugares sin conciencia del transcurrir de los siglos, ocupados en olfatear una silla cuando por allí fue muerta tanta gente, que el olor de la sangre espantaba los bueyes, que se negaban a pasar.

Y la tumba de Cortázar, los mensajitos debajo de piedrecitas, las frases, la emoción desbordante de la tumba del Julio. Las mismas emociones frente a la tumba de Sartre y Simone. Una emoción que no se disipa, contenida por ese cementerio también excesivo, enorme y solitario en su discusión con la muerte. Las tumbas de los soldados condecorados en la primera, segunda guerra. Es vieja la Europa. La conocemos bastante, una reconoce partes de la propia historia en estas piedras.

La Sainte Chapelle de muros perforados, apenas unas columnas y lo demás vitraux complicados, complejos, de minúsculas piecitas difíciles de abarcar. Colores en los muros. El suelo igual de bello, todo decorado exquisitamente, centímetro a centímetro.

El métro, esa intrincada red que me vuelve a Cortázar. Y una que se las arregla para sacarle a la máquina amenazante un tiquet, y descubre para qué lado se va a la Gare Saint Làzare. Y preguntar a la gente en la calle. Casi todos extranjeros, Un hombre atractivo que viene haciendo jueguitos con la caja de fósforos, el cigarrillo en la boca, y se le cae la cajita justo cuando daba para la foto de galán. Argentino, claro, pero afincado en París.

Y qué más. Mil cosas. Bueno, vale la pena.

Hoy comimos cocotxas de merluza en salsa con mejillones, pimientitos fritos, croquetitas de jamón, al café barquillos y chocolate con avellanas.

Un abrazo grande.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

Pedacitos de cielo

¿Viste el cielo?

¿Viste cómo el celeste y el azul y el rosa, cómo el blanco, cómo las nubes? ¿Viste las nubes?

¿Viste el mar que corre invertido, esa liquidez de los mediodías, esa lejanía y esas nubecitas que de pronto te bajan el techo antes tan imposible? ¿Viste la luz de fuego, el sol naranja, las capas atravesadas por rayos incandescentes? ¿De veras que vos también viste el cielo? ¿Los borreguitos amontonados, los jirones desgarrados de tules evanescentes, los colores? ¿Viste los colores?

Y las nenas en la terraza. De las nenas en la terraza me contó Rodolfo, esas no las vimos.

Dos nenas en la terraza, magia con palitos, varitas de hadas ingenuas. Haditas pequeñas, hadas.

Dos nenas y una terraza y el cielo perfecto.

Arriba las nubes de algodón, de lirios blancos, nubes de difuso sueño de anémona, nubes de nubes. Nubes sobre fondo de atardecer y en contraste las figuritas bailarinas de las nenas en la terraza.

Las dos niñas. Manos en el aire, manos que trazan círculos que perduran apenas un momento como giro, como rueda invisible, como hechizo en el aire. Palitos, varitas en las manos tiernas.

A las nenas les gustaría comer el mágico algodón de azúcar que venden en ferias y circos. Ellas quieren el algodón de azúcar, y les han dicho que están hechos con pedacitos de cielo. Y entonces ahí están, en la terraza, probando a enredar el cielo en las varitas.

Las nenas giran sus palitos batiendo el aire, giran sus palitos, giran ellas con esperanza, con fe, con los bracitos redondos giran sus varitas para atrapar trocitos de cielo.

Vos sabés, claro. Sabemos que es así, que no hay otra manera. Las nenas atrapan en la terraza recuerdos para el después, cuando lleguen los inviernos del desamparo, los otoños de la melancolía. Las nenas atrapan recuerdos de belleza, danza de aves, sensaciones limpias para esa vida que se les viene. Atrapan felicidades para cuando el algodón de azúcar ya no sea un manjar. Para cuando ya no crean en magias ni en imposibles realizados. Para cuando sepan los cómos y los cuándos pero nunca los por qués.

Y las nenas atraparon, para siempre, al cielo rosa, al cielo blanco, azul, celeste. Y se lo metieron dentro como si se lo comieran.

¿Viste el cielo?


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

Arvejas de primavera

Estoy abriendo las vainas para sacar las arvejas. Mis manos se transparentan por detrás de la veladura verde tierna de las chauchas. Una por una las abro, y se encuentran las pelotitas húmedas, nuevas, esas arvejas de verdad, no las de lata, secas y vueltas a hidratar, arenosas y pasadas por la industria. No, estas arvejas vinieron en bolsa de red, estaban en la verdulería, en un rincón, y me las traje sin envase ni marca. Venidas de las quintas estas arvejas de la primavera.

Miro mis dedos transparentándose por detrás de las vainas esmeralda, y pudiesen ser los dedos de mi bisabuela allá en Euskadi, los de mi abuela, sentada en la silla de la cocina, con un repasador en el regazo y la paciencia de quien extrae tesoros uno por uno y forma el montón de cáscara por un lado, las perlas por el otro.

De niña le dije alguna vez a mi madre que para qué el trabajo, si no son tan caras las latas en el supermercado.

No era sólo la textura incomparable, el sabor más dulzón, la frescura de lo recién cosechado. Era el rito de la primavera.

Giuseppe Archimboldo era un pintor extraño, que hace medio milenio anticipaba el surrealismo, y armaba retratos de personajes con una mixtura de objetos o vegetales o animales. Extraños en verdad esos personajes acaso temibles. Pero recuerdo la personificación de las estaciones. Y en el personaje que representa o resume la primavera hay arvejas, espárragos, alcauciles.

Dice mi mamá cuando se va el invierno que hay que celebrar con la merluza en salsa verde, con el cordero al txilindrón, con esos platos que no sólo reconfortan con su sabor, sino que son ellos la propia celebración de lo nuevo que llega y lo viejo que se va.

Ritos, costumbres ancestrales, las manos de las mujeres de la familia que son unas solas en el tiempo, desgranando las arvejas mientras el siglo avanza y el tiempo devora los días y las estaciones.

Los días se regían por la luz, los meses por las lunas crecientes y menguantes, las estaciones por la irrupción de las fresas, de las papas nuevas, de los tomates maduros con olor a campo recién llovido.

Hizo falta que se perdieran lo ritos y las iniciaciones y los lutos para que los psicólogos nos digan que son necesarios.

Frente a la fría asepsia de los refrigeradores de supermercado, traigo de la verdulería mi bolsa de arvejas en sus vainas delicadas, estuches preciosos de cierre perfecto.

Y recupero las manos de mis antepasados, y celebro que hemos vivido un año más.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

Las suelas destrozadas

Un día voy a calzarme las viejas zapatillas y encuentro que la suela de goma se ha abierto completamente. Y no en una, sino en las dos. Me sorprendo como cada vez que esto me pasa, y pienso en la fatiga del material, en ese instante ya predeterminado desde la fábrica, fijado para la caducidad y el desgarro.

Recuerdo que usé ayer las zapatillas, y estaban bien. Y de pronto hoy las dos suelas destrozadas. Como las flores del bambú, que se abren en todo el mundo unidas por una red intangible, como las gemelas que se despiertan en el dolor compartido, y una llora, y a la otra la angustia le cierra el pecho.

Pero encuentro las suelas destrozadas, de pronto. Y ayer no estaban así. Y quién es esa mujer que en el espejo me devuelve una mirada con otro color de ojos, con otra expresión, con unas arrugas que no eran y con esa tristeza de ver un poco más allá, más arriba, un tanto más atrás de las cosas. Si yo sigo haciendo chistes tontos, sigo bailoteando, sigo yendo al baño en puntas de pies y a la carrera. Quién es esa mujer que apareció así, de improviso, tan de un día para otro que hasta mi madre me dice que en las fotos del año pasado todavía estaba esa muchacha con sonrisa abundante. Pero ya no. Pero ahora esta mujer oscura, esta mujer que no se reconoce.

Me miro y hay un pozo allí. Hay una persona con fatiga de material. Alguien que no permaneció incólume, que finalmente y de un día para otro se rasgó y se le nota.

No es extraño envejecer. No es inusual que los profundos dolores y las terribles tristezas nos tracen un mapa debajo de la piel y en la escritura de la mirada. Lo que me sorprende es lo súbito, lo extraño de que una imagen nueva y sin embargo tan verdadera se presente en los reflejos.

Me miro en el espejo. Veo las noches, tantas oscuridades, la cercanía de las muertes, las partidas, los dolores de la traición esperada e inesperada. Veo la acumulación de días, la soledad que hizo muros, la dulzura de los llantos calmos como lloviznas. Veo una mujer triste allí. Menos pronta a juzgar, más pronta a la ternura, pero tan cercana a la melancolía.

Tomo las zapatillas rotas, las pongo en una bolsa, las desecho. No le servirán a nadie. Me miro en el espejo, le sonrío a esa mujer triste, me visto con una prenda de colores claros y preparo para ella alguna futura felicidad.

Saludo a la mujer que he venido a ser. Me miro detenidamente para no perderme, para reconocerme entre la multitud.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

Latidos

Cada pueblo tiene su propio ritmo; su ritmo de caminar, de trabajar, de poner la mesa. Los movimientos les son propios como lo son el lenguaje y la música, ese otro lenguaje que quizás venga de la gente, quizás de la tierra y del paisaje que brinda.

En Japón he visto las artes marciales que se repiten en la forma de golpear los tambores, de bailar esas danzas que aúnan la lentitud y una contenida violencia, en los sonidos breves y guturales. La misma tensión entre lo estático y la rapidez extrema. Las enormes banderas son agitadas por figuras inmóviles, la precisión de las ikebanas de proporciones perfectas, la belleza de los jardines, la posibilidad siempre del horror y sin embargo la infinita paciencia; la habilidad aprendida, ejercitada y trabajada de un hombre que mezcla la tinta, que con un pincel escribe, dibuja, pinta la palabra como quien hace una señal definitiva. Hay un ritmo, una marca, un acorde que abarca cada cultura y le imprime las notas y los silencios.

Una mujer daba a luz. Rodeada por su hijo, su vecina, su marido, daba a luz. En el suelo estaba la mujer, sobre un colchón delgado. Ella misma pujaba con un canto rítmico, todos la acompañaban y el acto de dar la vida de traer la vida era una canción. El niño encontraba el aire y el afuera traído, recibido, acunado ya por las voces y los sonidos que lo arropaban y le daban desde el inicio el ritmo de su pueblo.

La canción rítmica que se repite en lo cotidiano. En los pasos retumbantes de las sandalias de madera sobre el pavimento, en el ritmo de la danza de cuerpos que se deslizan y de pronto acaban en una pose de estatua, en el ritmo vertiginoso de la oración que también es comunitaria, y que crea la epifanía del ritmo de la vida que se repite circularmente.

Cerca del suelo, siempre. En comunidad. Y serán las sandalias, el martillito de metal que guía los rezos, los pujos de una parturienta; será la música, el ritmo, será la vida la que marque sus compases.

Y mientras tanto las historias son las mismas historias. El que muere, el que nace, el que crece y cambia, el que de pronto conoce una verdad oculta.

Así como imagino una voz distinta para las diferentes multitudes, una melodía propia para los paisajes de montaña, para los lacustres, para la selva. Así como los ojos rasgados del oriente y los ojos acuosos del norte. Así como el sustento con maíz y batata o con arroz y verdura. Así como el sentido de lo cíclico o la creencia en una direccionalidad en la historia. Así como todo eso crea culturas diversas, los ritmos se ajustan a los pueblos, los expresan, los definen.

Y con su propio ritmo todos los seres humanos bailan, nacen, mueren. Sinfónicamente algunos, algunos discordantes, algunos solos. Todos, todos, llevando los compases heredados, aprendidos, amados u odiados. Cantando, si tienen esa fortuna, su propia canción.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com