A la vuelta de París en el TGV volaban los pastos, las casas, el campo francés corría hacia atrás y los regadores enormes por aspersión creaban arcoíris que corrían corrían a la vera del tren. Llegando a los Pirineos, la mentirosa sensación de vuelta a casa, Euskadi ya presente en los caseríos blancos y las puertas y ventanas como de caballeriza, sin aberturas en los postigos a dos hojas.
Y en París el mundo, japoneses, enormes altísimos escandinavos diluídos los colores salvo en los mofletes pincelados en riojo señal, japoneses multiplicados, árabes mujeres cubiertas, negros y más negros prietos, nocturnos, los negros limpiando barriendo, llevando cajas.
La tour Eiffel parecida a sí misma, medio grisecita, un color arratonado. Visible desde el Sena, desde todos lados. Mucho dorado pero dorado deslumbrante en los monumentos, la punta del obelisco, estatuas completas de oro al sol. El pont Neuf, que si alguien vio la película, bueno, ahí están los clochards. Y los artistas callejeros, y láminas antiguas bellas, hermosas láminas de coleccionistas de mariposas, de flores, de mapas. Libros y libros, CDs como los que compramos con mamá ¿Cuáles? Jacques Brel y La Piaf. Y lleno de gorriones, hablando dela Piaf, compitiendo en velocidad con las palomas a la hora de conseguir unas miguitas.
Notredame enorme, enorme, trabajada cada piedra, con miles de personas hermanadas por el cuello torcido hacia las alturas en penumbras. Y un concierto de órgano, tenemos demasiada suerte. Un concierto de órgano en Notredame. Y fieles e infieles admirando la belleza dedicada a un cierto Dios que ya no está.
El paseo por el Sena con tantos puentes, cada uno rival en hermosura y en historia. La isla de la cité como un barco en el centro. Los parisinos tomando sol como quien va a la costanera. Ya sin ver lo habitual, como los perritos paseados por históricos lugares sin conciencia del transcurrir de los siglos, ocupados en olfatear una silla cuando por allí fue muerta tanta gente, que el olor de la sangre espantaba los bueyes, que se negaban a pasar.
Y la tumba de Cortázar, los mensajitos debajo de piedrecitas, las frases, la emoción desbordante de la tumba del Julio. Las mismas emociones frente a la tumba de Sartre y Simone. Una emoción que no se disipa, contenida por ese cementerio también excesivo, enorme y solitario en su discusión con la muerte. Las tumbas de los soldados condecorados en la primera, segunda guerra. Es vieja la Europa. La conocemos bastante, una reconoce partes de la propia historia en estas piedras.
La Sainte Chapelle de muros perforados, apenas unas columnas y lo demás vitraux complicados, complejos, de minúsculas piecitas difíciles de abarcar. Colores en los muros. El suelo igual de bello, todo decorado exquisitamente, centímetro a centímetro.
El métro, esa intrincada red que me vuelve a Cortázar. Y una que se las arregla para sacarle a la máquina amenazante un tiquet, y descubre para qué lado se va a la Gare Saint Làzare. Y preguntar a la gente en la calle. Casi todos extranjeros, Un hombre atractivo que viene haciendo jueguitos con la caja de fósforos, el cigarrillo en la boca, y se le cae la cajita justo cuando daba para la foto de galán. Argentino, claro, pero afincado en París.
Y qué más. Mil cosas. Bueno, vale la pena.
Hoy comimos cocotxas de merluza en salsa con mejillones, pimientitos fritos, croquetitas de jamón, al café barquillos y chocolate con avellanas.
Un abrazo grande.
russomannomonica@hotmail.com
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