Una cantante mexicana dulce en el hablar, calmada ella, de ademanes cortos y sonrisa muy amplia dijo que la situación de las mujeres en su país le da coraje. Coraje, no pena ni bronca ni lástima ni desaliento. Coraje. Y trabaja en organizaciones destinadas a que la mujer no sea más ese objeto necesario y desechable.
Nada más decir que le daba coraje, aclaró que en su país esa palabra sustancia otras sustancias. Había que traducir mexicano-español. Quizás, ahora lo pienso, traducir el idioma de los oprimidos para que lo comprendan los opresores.
“Coraje” es una palabra habitual en su país pero suena extraña para nosotros; se oye raro que alguien sienta coraje por una injusticia. Nosotros solemos condolernos, nos duele con el otro; de hacer algo al respecto ni hablar. Podemos llorar, acompañar en sentimientos, hasta participar de una marcha, rezar una novena, decir “qué barbaridad”.
Quizás la injusticia debiese darnos coraje. La fuerza y el enojo suficiente para intentar una reparación. La valentía de la sangre que se agolpa en el pecho y requiere acción. Coraje.
Me dirán que es sólo una palabra, pero de palabras está hecha la lengua, con la lengua se conforma nuestro pensamiento, nuestro modo de ser y ver las cosas.
Nosotros, latinoamericanos, adoptamos el castellano puro de los antepasados saqueadores, y nos causan gracia estas deformaciones que gentes incultas infligen a la lengua de Cervantes.
La mujer mexicana de aros de media luna, de vestido abigarrado y cabello renegrido dijo “me da coraje”. Pequeña, dulce, suave mujer de voz aérea. Fuerte, enorme en su convicción, tenaz en su lucha. Guárdense de su coraje los injustos.
russomannomonica@hotmail.com
No hay comentarios.:
Publicar un comentario