Esperando el colectivo, pasa el uno. Miro las nubes, cómo se va coloreando el cielo y el cambio del marrón al naranja en el edificio de enfrente viene de arriba hacia abajo, como si el sol fuese chorreando lentamente desde la terraza, como si el agua del tanque desbordase por los muros, avivándolos con reflejos. Pasan el dos y el tres. Alguien espera a mi lado fumando, el olor del cigarrillo me revuelve el estómago a esa hora.
Pasa el cuatro. No me había dado cuenta, pero ahora estoy achicando los ojos, con el estómago esperanzado, deseando deseando que el próximo colectivo sea el cinco. Todo depende de que sea el cinco, la suerte del día, la salud de los enfermos, el clima. De pronto el universo expecta a través de mis ojos el milagro. Viene, allá lejos, inconfundiblemente marrón, el catorce de la decepción. Me subo.
Otro día, en la nada de la espera, en la misma vereda, laxos cuerpo y mente que todavía están dos cuadras más lejos, entre mis paredes y mis sábanas. Cara de nada, nada. Mi mano se llena de pronto con algo que forma un nido en ella. No me asusto ni la retiro, miro hacia abajo y un cuzco negro me devuelve la mirada con el redondo hocico entibiándome la palma. Lo acaricio entre las orejas, se recuesta contra mi pierna y con infinita confianza se deja ternurar. Se me llenan los ojos de lágrimas. Tomo el colectivo, durante todo el día siento la húmeda respiración, la dulzura del hocico entre mis dedos. Todavía la siento.
Viajando, mente ojos espíritu completo ido por la ventanilla. Unas voces fuertes y extrañas me hacen volver del afuera por donde me escapaba. Dos mujeres van al psiquiátrico, son pacientes, hablan a los gritos. Una le pide a la otra lápiz de labios, y le dice que qué suerte que tiene toda la dentadura, ella no, el hijo de puta del tipo con el que se había juntado le rompió todos los dientes de abajo. Otra vez llorando en público yo, qué vergüenza.
Observo a la gente que baja entre boulevares, observo a la gente que sigue porque tiene para lejos, para mucho más allá de la clase media. Son diferentes. Color de piel, estatura, forma de hablar, estilo de la ropa, colores de los vestidos, peinado, gestos. Son otros. No se sientan en los mismos asientos si es posible. Ni siquiera se ven. Viven en países diferentes.
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