jueves, 15 de septiembre de 2022

Recibir

La soledad desdibuja, borronea, la soledad es esa cosa espesa que entristece las miradas y endurece los corazones. La gente sin abrazo y sin caricia pierde los contornos del cuerpo, olvida la tibieza de una mano en el vientre tibio, dulzura sobre dulzura, almíbar sobre lo amargo.

Y dicen que por estos tiempos la gente nos ensolamos, andamos sin sombra en las veredas porque nos resulta más cómodo, porque queremos, porque así nos da la gana, o a veces y casi siempre allá en el patio trasero, porque no podemos responder al abrazo que de tanto en tanto se nos ofrece como un don.

Sin extender la mano, sin realizar el gesto de súplica que sentimos infamante, sin las rodillas sobre las baldosas solemos, sin embargo, encontrar la palma de la mano ocupada por una gracia. Algo que se nos da sin llenar formularios ni solicitudes, que se nos entrega porque sí, por la única razón de que alguien se da a querernos.

Cómo se hace entonces para aceptar si el orgullo se niega, si no lo necesito no lo pedí quién te da derecho a andar haciéndome regalos. Yo me basto sola, yo no quiero nada de vos porque después es el recuento, después es la suma y resta de debes y de haberes y la infinita tristeza de los inventarios.

Y yo nunca necesité nada de nadie, siempre he devuelto esos regalos sospechosos, esas trampas. Retornar al remitente, entonces, como resguardo contra posibles reclamos, contra no expresadas deudas pero deudas molestas, presentes, alfileres de gancho en la camiseta.

No aceptar el regalo como seguro contra todo riesgo, escudo protector, pistola en el pecho al fin y al cabo. Pistola en el pecho del ofensor, cuchillo desenvainado contra la tibieza que se nos pone en las manos.

Y tan simple, tan necesario, tan limpio y claro como sería, tan como debiese ser, tan como madeja desanudada, tan fácil, tan correspondiente, tan hermoso como sería sencillamente decir gracias.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com


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