En el patio han florecido burbujas de jabón. La niña sopla por el aro, y la simple magia, la sencilla magia sin truco hace que broten perfectas, etéreas, bellas en su transparencia sutil estas burbujas que danzan morosamente en el aire quieto.
Algunas se perderán en la parra, otras contra las baldosas gastadas; las más, hallarán un final de simple desaparición por exceso de sutileza.
La niña creará perfectas burbujas mientras la mirada clara de su padre se humedece.
El hombre sonreirá con tristeza. La niña no sabe que está creando burbujas para la memoria. No puede saber que las burbujas están fijadas en un punto de su infancia que también se desvanece. No quiere saber tampoco, todavía, que la belleza es tanto más anhelada cuanto más leve, más intangible, más fugaz.
Ella hace pompas de jabón y mira con la sonrisa completa a su padre.
Todavía es niña, y ese hombre triste puede darle un aro, un poco de jabón, y crearle un espacio de felicidad.
Para la niña las burbujas que desaparecen se reemplazan con el simple trámite de soplar por el aro. Para el hombre que sonríe hacia ella, las burbujas que desaparecen son los minutos que se llevan el mundo a cuestas, que desgastan las baldosas, que agregan blanco a sus cabellos, que le van ahuecando el pecho.
El ha puesto un alero a la cucha del gato, para que no lo moje la lluvia en su sueño de bigotes temblorosos. Ha podado las parras que su padre, que ya no está, plantó en el fondo de la casa. Guarda las herramientas que probablemente jamás vuelva nadie a utilizar.
Le ha dado a su hija un aro, y jabón, para recordarse que todo trabajo es para el día de hoy, y que el mañana es inexorable. Sin saberlo, ha propiciado la aparición en su patio trasero de la belleza fugaz, efímera y por eso mismo inapreciable de las esferas perfectas de la infancia, de la felicidad perfecta que se puede ver, pero no se puede tocar con las manos a riesgo de hacerla desaparecer, estallar, desvanecerse.
Mientras tanto, las espléndidas burbujas, perfectas burbujas de jabón reflejan por un momento, un eterno momento suspendido, este mundo pequeño de amor en un patio trasero de las afueras de la gran ciudad que lo desconoce.
Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com
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