En el centro de la ciudad se ofrece un piletón para los recuerdos de infancia. Nombrarlo es elaborar la imagen en sepia de mi hermano corriendo de un lado al otro, para recibir el vaporcito que siempre amenazaba con pararse en el medio y provocar la situación de rescate que se le antojaba peligrosa e imposible. Nombrarlo es recordarme haciendo equilibrio, caminando por el borde, yo que no podía ver una parecita sin sucumbir al encanto de compartir sus alturas, su modesta cercanía con el cielo. Y sobre nuestras cabezas giraban las palomas, y allí estaban los ancianos fotógrafos con sorprendentes máquinas antiguas, cajas negras subidas a los frágiles zancos de trípodes vetustos.
Y dentro del piletón estaban las carpas anaranjadas, siempre lejos, dejándose adivinar apenas debajo del agua sucia.
En el fondo, un mapa de Santa Fe de cemento coloreado, sobre el que nadaban los peces como aves fantásticas que surcasen cielos líquidos.
Los peces anaranjados habitan su encierro. Desde siempre el río los reclama. Muchas veces el Paraná se recogió la falda y con sus pies de agua se puso a caminar por la ciudad para rescatarlos.
Llegará la noche en que la liberación acuda, el día y el mes en que el río logre superar la pared del estanque, y los peces se devuelvan a la inmensidad de un enorme lago que cubrirá la ciudad, repitiendo el mapa inundado que preanuncia, desde siempre, el final del cautiverio.
Y, como los pueblos aborígenes en el Perú celebran cada temblor porque significa que los brazos y las piernas de Tupac Amaru se van reuniendo, y esperan la jornada en que el cuerpo despedazado complete su lento camino al centro, así los peces, con enorme paciencia, celebran cada crecida, y aguardan la llegada de los camalotes que, como banderas vegetales, anuncian la ansiada libertad.
Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com
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