Si miramos la televisión, notamos que las propagandas no son muy variadas en lo que instan a comprar de inmediato y en calidad de necesidad y urgencia. Para las mujeres parece que lo más deseable es lo relacionado con la limpieza, como hizo notar Cortázar de los latinoamericanos en Europa, quienes tenían y tienen una misteriosa relación con los detergentes en sus puestos de trabajo.
Las mujeres tenemos que comprar jabón en polvo, lustramuebles, desodorizantes de ambientes, quitamanchas y, para ser hermosas jóvenes y deseables, shampú. Y no cualquiera, tenemos que comprar el que alisa o el que enrula. Nada de pelo a la que te criaste, nada de flower power y melenas despeinadas. No señor, de ninguna manera. Tenemos que estar prolijitas. Nada de nido de caranchos en la azotea, cuidadito con esa espantosa indefinición del ondeado natural, con el terrible caos de los pelitos rebeldes. No importa que a contraluz esos modestos alambrecitos formen una aureola, ya no hay poetas que se fijen en tales sutilezas que quieren justificar la dejadez y el abandono capilar.
Look casual, si, pero peinaditas. Si pelo lacio, planchita, que tiene que estar más lacio que lo lacio, muy bonita la naturaleza pero no es verosímil sino verdadera, y a nosotros las verdades francamente. Si pelo ondulado rulos como perfectos resortes de nylon, y a escaparse de la fiesta si nos agarra la humedad.
Compremos shampú, y ya que estamos un acondicionador, y por si acaso crema para peinar, y si no a quedarse en casa, lavarse el pelo, dejar que lo seque el viento, tomarse unos mates en el patio, invitar a los pajaritos a habitar la pilosa coronilla, ser más o menos feliz con la sombra arbórea proyectada en el suelo.
russomannomonica@hotmail.com
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