domingo, 18 de septiembre de 2022

Benteveo

Él me escribió desde lejos Recién bajé del techo, en mis meditaciones sin resultado, pero había un gran murallón rosado de nubes altas que absorbían la última luz del atardecer, y delante unas nubes con formas de algodones pero de un color gris acerado muy extrañas y lindas en su combinación.

Claro, con un hombre de mirada celeste una se pasea con los ojos vueltos hacia arriba, y se termina por hallar en las alturas la maravilla, y también el espanto.

En la esquina de San Martín y Suipacha, en un rincón de enmarañados cables eléctricos, en un primer piso abierto a soles y tempestades, desaliñado y frágil, un torpe nido de jirones arrancados a pasacalles albergaba un benteveo. Pequeño y gritón, el pajarito reclamaba al adulto que acudía con bichitos cazados a vuelo raudo.

Nos detuvimos en la vereda opuesta sonriendo a la maravilla de la vida, en un mágico cuadro inmóvil. Una mujer en la única ventana abierta se peinaba sin prisa, y con brazo lánguido entregó al aire cabellos etéreos.

Largo rato silencioso dejamos que la escena se desplegase para nosotros. Era un regalo inesperado, y nos retiramos con el recogimiento de un fiel que se persigna al traspasar las puertas de su templo.

Retornamos, porque no se conforma la humanidad con entrever la obra de arte; buscamos vanamente repetir el asombro, y tal falta halla su castigo.

El pajarito estaba quieto, colgante y deslucido, abandonado a la inclemencia de la muerte sin sepultura. En la fachada de persianas cerradas, la única ventana abierta era la de la mujer inmóvil, que nos miraba inescrutable.

Deseé no haber visto el nido, deseé no saber que la vida es un milagro fugaz. Anhelé borrar el recuerdo, el canto de los benteveos, el saltito ratonil de los gorriones. ¿Con qué objeto escrutar los cielos, si han de repetir las decepciones de los llanos?

No hubo lágrimas en mi rostro, pero lloraba.

Que todo y todos hemos de desaparecer, lo sabemos. Que no hay justicia en la muerte, que el destino es un camello ciego, que la guadaña siega por igual las espigas maduras y los brotes tiernos. Lo sabemos. No me niego, sin embargo, a la humana indignación. He de llorar vana, inútil, humanamente por el pajarillo inerte.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

No hay comentarios.:

Publicar un comentario