miércoles, 21 de septiembre de 2022

El clamor de la sangre

Toda  situación en proceso es difícil de evaluar. Los sentimientos, la falta de información o la sobra de ella, la falta de perspectiva, esa perspectiva que da el tiempo cuando los resultados finales sean ya sopesables, medibles, definitivos. Toda situación en trámite, situación del ahora cambiante y todavía en parte ignoto es un disparar contra un blanco móvil.

Decir judío en mi infancia era recordar los campos, era ponerle horror a la memoria, evocar los uniformes y las botas de cuero contrastando con las víctimas indefensas. Decir Israel era recordar la construcción de jardines en el desierto, era pensar en los barcos llenos de desheredados que ningún país quiso recoger, y que fundaron valientes y tenaces su propio lugar.

Decir EEUU en mi infancia era evocar los muchachos de blancas dentaduras llevando la libertad a una Europa dominada por tiranos. Era el sueño de la vida limpia y perfecta de familias limpias y perfectas en casas inmaculadas.

Ahora las víctimas y los héroes siguen jugando de víctimas y de héroes en los relatos. Pero los relatos ya no convencen.

Los abuelos cremados en los hornos no legitiman las acciones de los nietos, cuando los nietos son quienes fabrican los nuevos guetos. Y es una pena que sea así. Es una de las formas de la traición ésta la de escudarse en un pasado trágico para ocultar los recientes cadáveres de niños sobre sábanas ensangrentadas.

Los conflictos jamás son de fácil resolución. Nunca. Y menos cuando la historia se remonta a miles de años, a una concepción del mundo, a una idea de raza, cultura, religión. Cada uno tiene sus razones atendibles y coherentes. Cada uno puede argumentar y defender y rebatir.

Pero se acumulan los cadáveres, pero la sangre será vengada con más sangre que será vengada. Anatema. Solución final. Y el organito toca una y otra vez la misma canción para que baile el monito. Que tiene una navaja.

En la Alemania de Hitler los alemanes comprendían y aceptaban las razones del régimen. Hitler tenía razón, había una necesidad de recuperarse de la humillación de la primera guerra, había que mejorar el estándar de vida, y argüía razones históricas, políticas, de cultura, de raza, de una concepción del mundo. Algunos alemanes en la misma Alemania, pero más aún alemanes en el exterior trataron de dar la alarma. Esos traidores de siempre.

Ahora he podido leer la condena de judíos a las acciones de Israel. Estos traidores contemporáneos.

No puede caerse en la simplificación. Nada es simple, ni un minuto de la vida de una persona ordinaria es simple. Lo que haga piense crea sueñe o deje de hacer responde a miles de variables, a miles de razones y valores y en definitiva a la historia del universo.

Pero la muerte es un término absoluto. Cuando alguien mata está clausurando una vida y está abriendo la puerta a los demonios. La sangre, dijimos y lo dicen las antiguas escrituras, clama al cielo. La sangre de Abel clamó al cielo, y Dios inquirió a Caín por la suerte de su hermano.

Judíos y palestinos son hermanos. Como dijo Kusturica, una guerra no es una guerra hasta que un hermano mata a otro.

Ya no podemos más ver a los israelitas como los descendientes de los hombres y mujeres que sufrieron el horror. El respeto por la situación de víctima se diluye cuando la víctima se calza las botas del verdugo. Y los espigados muchachos de cabellos cortos y blancas dentaduras no son más los adalides incuestionables en la defensa de la libertad.

Es para que nos abrume una tristeza infinita esto de que los hombres siempre hallen las razones y la justificación para las masacres. Es para llorar con lágrima y gemido destemplado que seamos tan coherentes para formar el relato que finaliza con un disparo, una explosión, un estallido de mutilación y muerte. Es definitivamente descorazonador que los retratos de los héroes se nos despinten en los muros.

Mientras tanto, la sangre clama al cielo indiferente. Y los hermanos se matan.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

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