Escribo para detener la disolución, para que alguien en algún lugar sienta alguna cosa, para que alguna de las hojas del árbol permanezca un segundo más aferrada al tallo. Escribo para que alguna persona se sienta movida a expresarme una sola palabra de afecto, para que un perro se rasque las pulgas en la mente de algún ser humano un lapso entre un segundo y cuarenta años.
Escribo para no irme, para escaparme, para que me vean y para esconderme.
Escribo para que piensen que soy mejor de lo que soy, para exponer mis mezquindades. Escribo para comprender alguna de mis caras que no puedo ver en el espejo, para verme la nuca, para avergonzarme a futuro, para emocionarme por lo que alguna vez pude creer.
Pongo palabras una detrás de la otra, una encima de la otra, trato de obligar al lenguaje a ejercer la imposible tarea de crear algo parecido a la realidad.
Me sorprendo de lo que escribo, me pregunto por qué, para quién, con qué razón y con qué propósito. Con qué sapiencia y con cuántas ignorancias.
Escribo porque no puedo cantar. Escribo para escucharme.
Escribo para reencontrarme y volver a perderme. Para esconder algo secreto en medio de tanta cosa superflua, quizás el nombre del amor en la Divina Comedia. Para vencer los terrores al conjurarlos, para darme cuenta de que le temo a otras cosas que no quiero, que no puedo nombrar.
Escribo para no ser lo que soy, mientras soy yo, profunda, dolorosamente.
Escribo en la noche palabras nocturnas que se esfuman a la luz del sol.
Palabras diurnas que suenan falsas a la mortecina luz de las bombillas.
Escribo hoy para hoy, aunque lo leeré mañana. Para reconocer que nunca soy la misma y me repito invariablemente.
Para mentirme alegre cuando aprieta la desesperación. Para convencerme infructuosamente de que escribir tiene algún sentido.
Escribo porque sí, y porque me es importante. Escribo porque escribo.
russomannomonica@gmail.com
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