viernes, 16 de septiembre de 2022

Análisis capilar II

Para la hija de Eduardo Coiro


¡Ah las trenzas de la infancia! ¡Ay de las niñas partidas al medio desde arriba y desde el comienzo!

Primero es desenredar la mata frondosa, la libre jungla formada en el caos del sueño, y cómo duele el cuero cabelludo cuando los nuditos que se liaron allá en la almohada son obligados a separar las amistades surgidas en la noche feliz, en la cama desparramo y sábanas arrugadas, cuando la melena es aureola y bufanda y nimbo de carita de ojos cerrados y sonrisa plácida, abandono, gozoso nido de caranchos, inaceptable nido de caranchos, che, si parecés una india con las crenchas revueltas.

Cuando el peine finaliza la tarea y la catarata se transforma en arroyo llega la represa, el cabo cruel grabando el surco, dividiendo aguas, disciplinando una mitad que la madre aferra como una madeja. Y llega el tironeo despiadado para que ningún pelito huidizo desdibuje la nítida línea que desde la frente rodea la oreja colorada, toda sangre agolpada y caliente por involuntarias rastrilladas. Un poco de agua para lograr la perfección, las manos de mamá retorciendo y juntando hasta que se puede al fin colocar la trampa de ratones en forma de gomita dada vuelta una y otra vez con dedos expertos. Cinta o lana o hebillita, adorno allá en la cúspide, y ahora trenzar bien apretado hasta que se forme la serpiente lustrosa, dura, medio curva y pesada, y la segunda gomita estrangulada clausurando abajo todo conato de rebelión.

Otra vez lo mismo pero en el otro lado, la raya blanca en el medio, la cabecita almidonada, las cejas con expresión de asombro porque la tensión las lleva hacia arriba y hacia atrás.

Pobrecitas las niñas, pobrecitas.

Casitas sin alero ni galerías, cabezas lisas se diría que quizás sólo por afuera, quién sabe si sólo por afuera, mandato de orden, sufrimiento matutino anunciando los inacabables ritos que vendrán más adelante. Suplicio eterno femenino que devendrá en tocas ruleros trapitos permanentes planchitas tinturas. Horas, años en los sillones de peluquerías de revistas de tapa brillante. Todo ya en las nítidas trenzas. Todo ya en el dolor del pelo acomodándose por la noche cuando llega la hora del destrenzar, del devolver, en el dolor de la libertad recobrada. En el dolor aprendido de la libertad. Las niñas aprenden que la libertad duele, que no es prolija, que en las mujeres queda decididamente mal y es antiestética.

El cabello liberado ya no sabe caer naturalmente, se empecina en mantener la raya al medio, en conservar contra su voluntad el ondulado impuesto. Así las vamos moldeando, sin discurso y sin palabras. La ceremonia repetida no necesita de explicaciones, y se cuela tan adentro que aquí estamos, todas las mañanas, traspasando con dedos ágiles nuestras frustraciones, colocando barreras en los senderos sin estrenar, construyendo entubamientos de cemento para prevenir inundaciones.

¡Ah, pobrecitas las niñas, pobrecitas nosotras!


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

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