De cerca o de lejos. Es lamentable que sea necesario formular una respuesta; decidir, optar, cuando lo mejor sería no llegar a esa bifurcación de los caminos posibles.
La operación de la vista permite que lo borroso en la distancia tome sustancia, que los árboles tengan hojas precisas y únicas en vez de un follaje indiferenciado, que los colores más allá se decidan a superar la timidez y se revelen por fin en la fuerza de rojos, amarillos, verdes, ocres, perfectamente ellos mismos y no ensuciados por la pátina general de la niebla perpetua.
El retoque en la córnea impide que la distancia sea la excusa para borrar los edificios en la línea del horizonte, atrapa las aves en vuelo, echa fijador en el papel fotográfico. Las gentes tienen rostros, en los rostros esas mismas gentes lucen facciones, y abundan, más aún, en detalles como bolsillos y costuras en las prendas.
Pero tal maravilla se conquista con las necesarias pérdidas. Ahora que lo lejano aparece claro, lo cercano, antes accesible y simple, se torna difuso.
Las personas tienen una forma de caminar, de moverse, un ritmo y un abultamiento que son íntimos pero notorios, como si en cada pequeña acción se mostrase una exclusiva forma de relacionarse con el mundo. Un miope es quizás un entrenado y eficaz observador de esos grandes rasgos. Si no distingue el color de los ojos ni el grosor de las cejas, podrá percibir por las señales inequívocas quién es el amigo, quién el transeúnte ocasional, cuál el vecino que por no saludar finge distracción. Los delatará el largo de las piernas, el balanceo de los brazos, hacia dónde inclinan la cabeza o el bulto del peinado. Señales que irradian del cuerpo y son intransferibles.
Quien ve de lejos, con memorizar los rostros tiene suficiente, y pierde el ejercicio adivinatorio, el diario ejercicio detectivesco del que está obligado a resolver acertijos para individualizar seres y objetos. Esta mancha vertical es un poste, esta mancha horizontal un pozo en la vereda, esa mancha que se mueve es mi primo Armando.
Cuando se adquiere la visión de lo lejano y se detalla el universo, nos dan la noticia de que lo de acá nomás dará un salto a lo desconocido.
Y vuelta a empezar. Ahora para presionar la botonera del teléfono es posible recurrir a secuencias lógicas de alfabeto y numeración, por ejemplo, y para distinguir entre un pedacito de chocolate y un bicho inmóvil se puede probar el objeto, aunque no resulte recomendable.
No se puede ganar sin perder, entonces. Está escrito en la letra pequeña de los contratos.
El que conquista las letras de los carteles es derrotado por las prescripciones de los medicamentos, y si notamos la forma del pico de los gorriones, perdemos las patas filigranadas de los escarabajos.
Quizás sea, al fin de cuentas, la mayor pérdida la de descifrar a las personas por sus andares, y la de ser capaces de imaginar precisión en un mundo fundamentalmente incierto.
russomannomonica@gmail.com
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