La alegría es de todos, se comparte y se muestra, se pone naranja y amarilla sobre fondo de cielo azul. La melancolía es privada.
Como la tarde acatarrada en la cama húmeda de fiebre, como esa puntada interna que se asoma apenas en un crisparse de la frente pero se disimula con una sonrisa. Es privada, personal, propia. La melancolía es un velo que pone humo en los ojos; un medio tono sutil, bello como el final apagado de una vieja melodía en la radio, como la efímera columna blanca que deja el alma de la vela.
Le acontece a uno. Íntima, privada, personalmente.
La vida sucede en sepia por esos días; hay eco en ruidos y palabras, hay la sensación de tiempo que transcurre tangencialmente, de gentes y objetos que van y vienen sin sentido. Hay humo en los ojos, cierta picazón en los párpados, un desgano extendido, un manto de tristeza infinita. Hay un desinterés que confundimos con bondadosa aceptación. Y hay algo que crece en el vientre despacio, despacio.
Algo se gesta en los sueños, en el crepúsculo rojo, en el oculto aire de los pulmones. Algo crece despacio, despacio, mientras nos peinamos los cabellos y mientras observamos la paloma posada en el cable al través de los cristales. Estamos tan lejos de aquí, tan lejos de todo, tan lejos de todos.
No me busques hoy, estoy ausente.
Es la fiebre. Es la realidad que ya no es, la cinta de la vida que se anuda, el calor y el castañeteo de los dientes que chocan con los dientes.
Un cuarto pequeño, un desnivel de sombra.
Los niños un día despiertan luminosos, han crecido. En ese irse de si han escapado hacia arriba, estirando los huesos y marcando ángulos en sus rostros infantiles.
Nosotros huimos hacia adentro y hacemos lo que podemos con nuestra caparazón y nuestras armaduras. Con suerte, nos despertamos un día, nos miramos el fondo de la mirada en el espejo. Hemos crecido. Podemos retornar.
russomannomonica@hotmail.com
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