domingo, 18 de septiembre de 2022

De la inmovilidad como garantía

Dijo Macedonio que si no quedaba pan viejo para el día siguiente, que si su hija llegaba por la tarde a acabarse el pan del día, que si la hija que propiciaba el conjuro no se pinchaba el dedo con la aguja al coser, dijo que si todas estas cosas ocurrían invariablemente, la muerte no lo hallaría en su cuartucho, no lo sacaría de su madriguera tibia.

Y dijo Alfredo que de niño no quería ir a la escuela, y que se daba en esa época y esas horas en el patio a la imitación de los vegetales. Parado en silencio, tenía la mágica ilusión de que convertido en ficus por simple inmovilidad, pasaría inadvertido.

En las noches de terror de la infancia, yo, que sabía que el espanto estaba suelto en la oscuridad, me tapaba con sábanas y frazadas, intentaba la no respiración, el no latido, la quietud sin fisuras que no arrojase ondas que atrajesen a los depredadores.

Quietos, quietos. Que si no nos come el lobo.

Quietos que los espantos están desencadenados. Quietos que sube la marea. Quietos que llega la muerte repartiendo naipes de baraja española.

Y al que se quedó quieto lo arrastró el agua, lo llevó la mamá a la escuela, tuvo pesadillas como yeguas nocturnas. El que se quedó quieto fue descubierto igual. El que se quedó quieto perdió el juego, perdió el tiempo, perdió la vida.

Perdió.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

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