domingo, 18 de septiembre de 2022

Cerezos y rododendros

Me han enviado unas fotografías. Yo estuve allí, pero no figuro en ellas.

Así como yo pasé; fui un personaje dentro de ese paisaje y me desvanecí por distancia y cambio de continente. El prado sigue allí, la vegetación no se ha dado a la fuga, y hasta las nubes son casi las mismas pues con evaporaciones y lluvias continúan perteneciendo al mismo campo verde, húmedo y gozoso.

Puedo escribir “ciruelo” y “rododendro”. Con las mágicas palabras evoco flores blancas de elegancia oriental, minucia japonesa, arte efímero y magia de delicadeza graciosa. Esas flores se brindan para el cielo cóncavo y el viento que pasa como los buitres, los “putres”, suspendidos ellos por el aire perfumado de bosque lánguido.

Yo no figuro en el paisaje, hoy. El prado verde salpicado de florecillas no será hollado por mis pies, las hortensias no inundarán mis ojos de violetas y rosados de puesta de sol. Apenas el eco me llega por unas fotografías de deslumbrantes colores.

Y los niños sostienen una cesta mostrándome a mí, que estoy tan lejos, un huevo blanco y uno moreno. La abuela sonríe por detrás. Yo les sonrío, desde aquí, a ellos.

Escribir “ciruelo” y “rododendro” me trae reminiscencias literarias.

Recuerdo los rododendros de la mansión donde amó y sufrió la heroína de “Rebeca”, esa mujer inolvidable. Los ciruelos de Chejov. Mientras se convierten en imagen y palabra, en sombra de sombras, el ciruelo y los rododendros verdaderos exudan y respiran, crecen y tienen gusanillos, dan sombra y, sin dudas, florecen.

Están vivos del otro lado del mundo, vuelven desde mi recuerdo a recordarme que no son memoria más que en la mía. Los recupero y me sorprende, como siempre, que lo que fue siga siendo cuando no estoy yo, hoy no, en la fotografía.

Detrás de las puertas, dentro de los cajones de la mesita de luz, en sus propias moradas, en otros barrios. En todos aquellos lugares que son recónditos y hemos dejado de frecuentar, en los recodos del adiós los que fueron siguen siendo, quizás nos aguardan. Quién sabe. Quizás hayan, no lo puedo asegurar, pero quizás hasta hayan florecido.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

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