Un hombrecito moreno sostiene un pincel con pintura negra. Debe pintar un ojo en el muro. Ha visto, en su vida de artista observador, miles de ojos diferentes, con los párpados arqueados, arrugados, escondidos, con el iris marrón oscuro, claro, con intrincadas venitas rojas, con destellos amarillentos o verdosos; ojos oblicuos, pequeños, enormes, separados o extraordinariamente juntos; ha notado asimetrías y formas puras o mezquinas. Ha visto miles de ojos con sus particularidades y miradas diferentes.
El hombrecito sostiene con firmeza el pincel, y con absoluta seguridad pinta un ojo lineal, simple y claro, idéntico al que pintaba su padre, su abuelo, su bisabuelo. Está, él mismo, enseñando a su hijo la exacta manera de representar un ojo.
Ana sale de su casa, suena una musiquita, y sabe por ella que su amiga Laura le ha mandado un mensaje. En la pantallita aparece la imagen de un animalito llorando, se ven las lágrimas que rodean su cabeza. Laura está triste. Ana le envía la imagen de un arcoíris entre nubecitas, las nubecitas nítidamente dibujadas con las curvas de una mano infantil.
Ana va a desayunar, mira las fotografías de los combos que se ofrecen, y señala a la empleada el combo cuatro. El combo cuatro consiste en un café con leche, una medialuna y un vasito de jugo de naranja, todo ello claramente representado en la fotografía.
El hombrecito moreno en un solo movimiento delinea eficientemente el ojo tal y como el ojo debe ser. Renunciando al desmesurado ojo de Picasso, al imposible ojo rojo y azul de un artista fauve, al ojo naturalista de Dalí, que coloca la realidad en medio del sueño. Renuncia al ojo estilizado de Giotto y al ojo de violento claroscuro de Caravaggio. Renuncia, el hombrecito moreno, a su propia experiencia para ceñirse a un lenguaje fijo, inmóvil y pautado. Pinta con incomparable precisión el mismo ojo. Exactamente el mismo ojo que el lenguaje oficial del faraón requiere, establecido por los sacerdotes y avalado por la tradición del imperio, que fija el tiempo deteniéndolo en un único instante, retiene las estrellas y asegura que el orden del mundo sea eterno e invariable.
Ana no necesita preguntar nada a nadie. Un cartel le indica la parada del autobús, las flechas en las paredes le marcan el camino, un tenedor le dice que hay un restaurante en esa dirección, un hombrecito y una mujercita esquemáticos le aseguran que por allí hallará baños.
Hemos vuelto a una esquematización del mundo. La infografía se va normalizando hasta constituir el verdadero lenguaje universal. Simple, claro, eficaz. Más extendido que el inglés, carente de complejidades. Expone verdades indudables y lima las desagradables aristas de la variedad de los seres y los objetos.
Ana sabe poner el dedo en un botón ficticio de su pantallita cuando suena una música, sabe que una nota anuncia que el ascensor llegó al piso cinco, sabe quién es el héroe, el villano, el personaje gracioso o la mujer bella. Todo eso se desprende con suma facilidad de unas cuantas notas indicativas en el rostro y la vestimenta.
El pintor de hace cuatro milenios renunció a la inconmensurable cantidad de ojos posibles para pintar uno, y sólo uno, durante toda su vida. No vaya a ocurrir como cuando Akenatón permitió en su reinado la libertad para los artistas, y se liberaron los dibujos y los cabellos, y los pensamientos, y ocurrió en esos tiempos que los sacerdotes perdieron el poder, y la capital del imperio se mudó, y hubo que volver atrás luego, y romper la piedra labrada, enterrar las flautas, y perder en el desierto los monumentos y el recuerdo de la época peligrosa que demostró que se puede cambiar la historia.
Simplificar, eliminar opciones, enrasar para que ninguna cima se eleve, ninguna sima atraiga con esa cosa absurda de deseo que causan los abismos. Poner un orden en los pensamientos, las palabras. Dar múltiple choice como forma de contactarse con la inagotable riqueza del universo.
Ana camina con seguridad. Nada la va a sorprender. Tiene la destreza de un mico de laboratorio para accionar los botones correspondientes. Lleva su teléfono móvil que la identifica con un número. Escucha la canción que pasan en todas las emisoras, mira el show que se comenta en todos los programas, se viste cuidadosamente con las ropas que le informan los medios que se usan en la temporada. Y Ana, como el lejano egipcio, no puede pensar en la posibilidad de que su sociedad desacomode las piezas, dé las barajas nuevamente, tome un sendero en vez de seguir la doble línea marcada en el ancho pavimento.
russomannomonica@hotmail.com
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