Le explicaba a Juan Manuel la dificultad de la acuarela como técnica, una técnica que utiliza esa materia liviana y transparente, ese pigmento apenas perdurable, esa nada de color difuso, esa mancha sutil. Y le dije; comparando el óleo que puede repintarse, taparse, corregirse; que en la acuarela cada pincelada deja la huella de su error. Una de esas frases maravillosas que venidas de otros lados hallan una aplicación a la forma en que se da el mundo.
Decía en broma Juan Manuel que para resultar interesante diría, para explicar los fallos y la propia historia, para justificar un poco el propio rostro, que en él cada pincelada ha dejado la huella de su propio error.
Y es así, estamos surcados de antiguas pinceladas que se ven tenuemente debajo de las nuevas, y por mucho que acumulemos capa tras capa de materia evanescente, no podemos hacer desaparecer las huellas que el tiempo, las decisiones, los aconteceres fueron dejando siempre fijas y siempre adivinables como soporte de lo que tratamos de dibujar por sobre ellas.
Somos el resultado de esa materia liviana y transparente, somos una acumulación de felicidades y malas horas, y no las podremos negar aún si accedemos a la senectud que va vaciando los frascos y despeja los estantes. Seguirán percibiéndose las viejas pinceladas, y no serán quizás menos dolorosas. Ni acaso menos gozosas.
Nos miramos en los reflejos fríos. Y el primer amor, y aquella íntima vergüenza, y ese día que no podemos recordar sin que algo se mueva en las profundidades, todo está allí, capa sobre capa sobre capa. Y eso somos al fin.
Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com
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