jueves, 22 de septiembre de 2022

Desencantados

Apenas echados los primeros dientes, a poco de pasar caminando bajo la mesa, a instantes del amamantamiento y el sonajero, un rato después, una nada, el niño ya es un adulto en miniatura. Desencantado, incrédulo, feroz.
Están hartos de todo, todo los aburre.
Transcurren por uno o dos años de infancia para luego, así sin transición, arribar a una espúrea adultez o, peor aún, a una vejez cínica y malhumorada.
Antes del primer amor se interpone la burla por la inexcusable tontería de estar enamorado. Antes del primer real dolor, la insensibilidad confundida con estoicismo.
Miedo de ser pueriles a los cinco años, vergüenza, tremenda vergüenza si se los halla disfrutando de alguna bobería. Cómo dejarse sumir en la puerilidad si han pasado casi tres años desde que dejaron los pañales. Ya son grandes.
Con lástima e impaciencia reniegan de las payasadas de los padres, los ponen en su lugar haciéndoles notar que en la vertiginosa altura de sus ocho o nueve años no están ya más para ese tipo de simplezas.
Gusto por la violencia y por la burla. Veo en la página brillante de una revista cuatro pandilleros en actitud desafiante, con rostros que van desde una exagerada mueca maléfica a la inexpresividad del psicópata. Cuatro niños que desde la página brillante publicitan calzado. Cuatro niños.
Que no los molesten con canciones infantiles de osos o ranitas, que no les cuenten cuentitos de hadas con final feliz, que no les pase la mamá la suave mano en suave caricia por el cabello. Eso es para nenes, no para un adolescente de siete pesados años cargados de cien mil imágenes de asesinato, de odio, de la lujuria del sexo sin la ternura del amor.
Cada filme es una enciclopedia, es el in y out, el savoir faire, un código de conducta y el evangelio. Es el compendio de cómo decir la frasecita ingeniosa, cómo burlarse para que duela, cómo ridiculizar cada gesto de buena voluntad y a toda persona demasiado pura. Hasta las películas de dibujos animados se promocionan asegurando que son para todas las edades, que contienen guiños de humor para los padres. ¿Para adultos infantilizados o para niños ancianos?
Les hemos robado la posibilidad de dejar brotar la alegría sin cedazo, esa ternura plena que si no aparece en esa época quizás se seque para siempre. Les robamos la sinceridad, lo espontáneo.
Y creemos que son más inteligentes cuando repiten frases y actitudes machacadas desde las pantallas; que son genios tecnológicos cuando saben responder obedientemente a las señales de las máquinas, como obedientemente salivaba el perro de Pavlov con la campana.
Cuánto daño, cuánto plato roto, cuántos trozos de vidrio por los suelos.
Algún niño sonriendo como niño se entretiene con su autito. Alguna nena feliz dibuja con tizas de todos los colores en el pizarrón de la tristeza, algunos saltan a la cuerda. Aunque el futuro los llegue, habrán disfrutado en su momento justo la justa porción de felicidad.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

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