domingo, 18 de septiembre de 2022

La muerte del ahijado

Era este un pueblo con una costumbre extraña. Aquí los muchachos que se hacían hombres, en el paso a la madurez debían apadrinar a un niño nacido durante el año.

No se trataba del apadrinamiento cristiano que obliga a los padres sustitutos a hacerse cargo del niño en caso de muerte de los progenitores y educarlo en la fe, pero que en suma se resuelve en un osito de peluche los cumpleaños, un tambor de hojalata en Navidad.

Aquí en esa ceremonia se soldaban los destinos del nuevo hombre con el nuevo niño, y era un pacto que arrojaba sobre el devenir una gran sombra. Si el niño moría, su padrino moría para la vida en la comunidad y debía recomenzar su trama de relaciones.

Cada hombre, sin sanguínea paternidad, se ocupaba con celo del bienestar de un pequeño que luego llegaba a ser como un hermano menor aplicadamente salvaguardado.

Ocurrió cierta vez que a sus veinte años, en una expedición de caza, un joven se despeñó por un barranco y se le cortó de una vez el hilo de la vida. Fue justamente el cacique quien debió solventar la muerte, y cuando el cuerpo del joven fue dejado frente a su choza, supo al ver los laxos miembros que se aplanaban en tierra que ya no era más cacique, no tenía mujer, sus hijos no le pertenecían.

Al contemplar el cadáver frente a su puerta el vacío creció sobre él, y con lo puesto debió pasar la noche al raso, y al otro día comenzar a mezclar barro con paja para levantar las paredes de su futuro hogar solitario. Ya no era nadie, su mismo nombre le era ajeno pues nada señalaba, ningún contenido expresaba su sonido.

Lo aguardaba un recomienzo, la muerte lo bautizaba.

Esta costumbre lograba construir lazos de unión entre familias de diverso estatus, y lograba de igual manera formalizar y dar cuerpo a la incertidumbre. Demasiado creen los hombres que su destino les pertenece, ellos en ese ritual convenían en recordar lo que de azaroso tiene la existencia.

Si el cacique sufrió, no lo sabemos. Nos está permitido pensar que quizás la liberación de su cargo y de los lazos no fue completamente adversa, y que posiblemente una oscura dicha le distendió el alma cuando se encontró a sí mismo nuevo y limpio de pasado. Es dable sospechar, aunque jamás tendremos la certeza de lo sucedido, que alguien empujó al joven desde la cima del barranco, y que el ignorado asesino portaba insignias que le otorgaban un alto rango.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

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