jueves, 22 de septiembre de 2022

Desencantados

Apenas echados los primeros dientes, a poco de pasar caminando bajo la mesa, a instantes del amamantamiento y el sonajero, un rato después, una nada, el niño ya es un adulto en miniatura. Desencantado, incrédulo, feroz.
Están hartos de todo, todo los aburre.
Transcurren por uno o dos años de infancia para luego, así sin transición, arribar a una espúrea adultez o, peor aún, a una vejez cínica y malhumorada.
Antes del primer amor se interpone la burla por la inexcusable tontería de estar enamorado. Antes del primer real dolor, la insensibilidad confundida con estoicismo.
Miedo de ser pueriles a los cinco años, vergüenza, tremenda vergüenza si se los halla disfrutando de alguna bobería. Cómo dejarse sumir en la puerilidad si han pasado casi tres años desde que dejaron los pañales. Ya son grandes.
Con lástima e impaciencia reniegan de las payasadas de los padres, los ponen en su lugar haciéndoles notar que en la vertiginosa altura de sus ocho o nueve años no están ya más para ese tipo de simplezas.
Gusto por la violencia y por la burla. Veo en la página brillante de una revista cuatro pandilleros en actitud desafiante, con rostros que van desde una exagerada mueca maléfica a la inexpresividad del psicópata. Cuatro niños que desde la página brillante publicitan calzado. Cuatro niños.
Que no los molesten con canciones infantiles de osos o ranitas, que no les cuenten cuentitos de hadas con final feliz, que no les pase la mamá la suave mano en suave caricia por el cabello. Eso es para nenes, no para un adolescente de siete pesados años cargados de cien mil imágenes de asesinato, de odio, de la lujuria del sexo sin la ternura del amor.
Cada filme es una enciclopedia, es el in y out, el savoir faire, un código de conducta y el evangelio. Es el compendio de cómo decir la frasecita ingeniosa, cómo burlarse para que duela, cómo ridiculizar cada gesto de buena voluntad y a toda persona demasiado pura. Hasta las películas de dibujos animados se promocionan asegurando que son para todas las edades, que contienen guiños de humor para los padres. ¿Para adultos infantilizados o para niños ancianos?
Les hemos robado la posibilidad de dejar brotar la alegría sin cedazo, esa ternura plena que si no aparece en esa época quizás se seque para siempre. Les robamos la sinceridad, lo espontáneo.
Y creemos que son más inteligentes cuando repiten frases y actitudes machacadas desde las pantallas; que son genios tecnológicos cuando saben responder obedientemente a las señales de las máquinas, como obedientemente salivaba el perro de Pavlov con la campana.
Cuánto daño, cuánto plato roto, cuántos trozos de vidrio por los suelos.
Algún niño sonriendo como niño se entretiene con su autito. Alguna nena feliz dibuja con tizas de todos los colores en el pizarrón de la tristeza, algunos saltan a la cuerda. Aunque el futuro los llegue, habrán disfrutado en su momento justo la justa porción de felicidad.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

miércoles, 21 de septiembre de 2022

Adónde volver

Uno envidia a quien es capaz de desnudarse, de dejar las prendas y los lenguajes, abandonar la merienda servida e irse; irse lejos, atravesar países tiempos y gentes. Todos sentimos alguna vez esa inclinación a soñar con el mar, con los caminos que se pierden, con horizontes difusos que borren el asfixiante aquí y ahora.

Se puede viajar, si, es posible disolver la pertenencia en escapadas, en huidas tempranas o tardías. Es posible cortar las cintas que nos aferran a la tierra, a la familia, a los amigos. Se puede, aunque sea esta una empresa de personas marcadas por algún secreto signo que no está visible en la frente.

Lo que perdura allá en un fondo de pozo con sapo y luna, es el miedo a no tener adónde volver.

La vida entera es la dificultosa construcción de aquel sitio que nos reciba al fin de la jornada. Puede que sea un intento fallido; que al acabarse la partida sólo un gato sigiloso murmure su aprobación solitaria a la viejita olvidada entre muros silentes, o que por ser el último en abandonar el ferrocarril, el anciano quede con los naipes en la mano, vacías las sillas de sus compañeros ya desvanecidos.

Pero habrán tenido puerto para la charla amable o ácida. Habrán hecho sus nudos de amores u odios donde fuesen reconocidos, donde la familiaridad les prestase un entorno que sintieran propio, intrínsecamente propio. Odiado puerto, amado puerto el del fin de la jornada, pero una amarra que nos contiene cuando el embate del mar. El vértigo absoluto de un viajero es no tener adónde volver.

Y no nos engañemos, viajamos tanto los que se van y pasan de vida a vida como los que nos quedamos, y hacemos rutina de veredas fatigadas. Todos debemos retornar a casa cuando el crepúsculo nos trae. Y algunos, no tienen adónde volver.

Quién escuchará la narración efímera de los incordios del día, quién compartirá la mesa, quién respirará quizás en otro cuarto, quizás en otra casa, pero quién respirará nuestro aire.

En qué lugar habrá una caja con fotografías de nuestra infancia, quién preguntará cómo estás, y aguardará la respuesta. Y, si me voy, quién recibirá mis cartas.

El vértigo absoluto de un viajero es no tener adónde volver.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

El clamor de la sangre

Toda  situación en proceso es difícil de evaluar. Los sentimientos, la falta de información o la sobra de ella, la falta de perspectiva, esa perspectiva que da el tiempo cuando los resultados finales sean ya sopesables, medibles, definitivos. Toda situación en trámite, situación del ahora cambiante y todavía en parte ignoto es un disparar contra un blanco móvil.

Decir judío en mi infancia era recordar los campos, era ponerle horror a la memoria, evocar los uniformes y las botas de cuero contrastando con las víctimas indefensas. Decir Israel era recordar la construcción de jardines en el desierto, era pensar en los barcos llenos de desheredados que ningún país quiso recoger, y que fundaron valientes y tenaces su propio lugar.

Decir EEUU en mi infancia era evocar los muchachos de blancas dentaduras llevando la libertad a una Europa dominada por tiranos. Era el sueño de la vida limpia y perfecta de familias limpias y perfectas en casas inmaculadas.

Ahora las víctimas y los héroes siguen jugando de víctimas y de héroes en los relatos. Pero los relatos ya no convencen.

Los abuelos cremados en los hornos no legitiman las acciones de los nietos, cuando los nietos son quienes fabrican los nuevos guetos. Y es una pena que sea así. Es una de las formas de la traición ésta la de escudarse en un pasado trágico para ocultar los recientes cadáveres de niños sobre sábanas ensangrentadas.

Los conflictos jamás son de fácil resolución. Nunca. Y menos cuando la historia se remonta a miles de años, a una concepción del mundo, a una idea de raza, cultura, religión. Cada uno tiene sus razones atendibles y coherentes. Cada uno puede argumentar y defender y rebatir.

Pero se acumulan los cadáveres, pero la sangre será vengada con más sangre que será vengada. Anatema. Solución final. Y el organito toca una y otra vez la misma canción para que baile el monito. Que tiene una navaja.

En la Alemania de Hitler los alemanes comprendían y aceptaban las razones del régimen. Hitler tenía razón, había una necesidad de recuperarse de la humillación de la primera guerra, había que mejorar el estándar de vida, y argüía razones históricas, políticas, de cultura, de raza, de una concepción del mundo. Algunos alemanes en la misma Alemania, pero más aún alemanes en el exterior trataron de dar la alarma. Esos traidores de siempre.

Ahora he podido leer la condena de judíos a las acciones de Israel. Estos traidores contemporáneos.

No puede caerse en la simplificación. Nada es simple, ni un minuto de la vida de una persona ordinaria es simple. Lo que haga piense crea sueñe o deje de hacer responde a miles de variables, a miles de razones y valores y en definitiva a la historia del universo.

Pero la muerte es un término absoluto. Cuando alguien mata está clausurando una vida y está abriendo la puerta a los demonios. La sangre, dijimos y lo dicen las antiguas escrituras, clama al cielo. La sangre de Abel clamó al cielo, y Dios inquirió a Caín por la suerte de su hermano.

Judíos y palestinos son hermanos. Como dijo Kusturica, una guerra no es una guerra hasta que un hermano mata a otro.

Ya no podemos más ver a los israelitas como los descendientes de los hombres y mujeres que sufrieron el horror. El respeto por la situación de víctima se diluye cuando la víctima se calza las botas del verdugo. Y los espigados muchachos de cabellos cortos y blancas dentaduras no son más los adalides incuestionables en la defensa de la libertad.

Es para que nos abrume una tristeza infinita esto de que los hombres siempre hallen las razones y la justificación para las masacres. Es para llorar con lágrima y gemido destemplado que seamos tan coherentes para formar el relato que finaliza con un disparo, una explosión, un estallido de mutilación y muerte. Es definitivamente descorazonador que los retratos de los héroes se nos despinten en los muros.

Mientras tanto, la sangre clama al cielo indiferente. Y los hermanos se matan.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

Desde la noche

Es la madrugada, afuera crece el silencio, se escucha la brisa en las hojas brillantes de luna y estrellas.

Quién pudiera ver a los amigos en sus camas de soledad, almohadas cabezas brazos gentiles, los párpados dados al reposo al hambre de lo que durante el día no fue, a los recuerdos que llegan desde las lejanías del tiempo. Quién pudiera abrazar con el cariño su descanso, su revolverse en las sábanas. Quién pudiera.

Si deseo ahora, en el silencio de la alta noche, de la baja madrugada, en esta hora de insomnios de promesas, en esta hora en que el espejo es cruel con la ilusiones; si deseo ahora que la felicidad toque las frentes de los amados, si deseo para cada uno un pequeño toque de felicidad, un gran toque, si deseo en este momento de nada, de fin de día sin comienzo, en esta hora de partidas y adioses y de lechuzas, si deseo que las manos abriguen, que los cabellos se destejan, que un soplo cortes, cálido, amable, si deseo un poco de amor o de lo que sea, quizás de amor que otra cosa no se me ocurre para los amigos. Si deseo una caricia de amor para cada uno entre las sábanas.

Y mientras tanto afuera navegan nubes prófugas, vagos destrozos, jirones evanescentes navegan el negro. Y no tienen miedo, creo. Las efímeras nubes surcan mi pequeño cielo y no temen la inmensidad, no crujen los dientes, no tiemblan, se desatan y se estiran y se dejan ser. Quién pudiera tener la inconsciencia de una nube.

Sobre las casas de mis amigos de párpados cerrados las nubes dibujan figuras, se adelgazan en signos. Y ellos duermen, tan ellos mismos, tan tiernos en la noche, tan solitos pobres ellos.

Hoy yo velo y los acuno, y les canto bajito un noni noni, y no les puedo revolear el pelito pero les digo noni noni. Noni noni mientras el cielo gira hacia el amanecer.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

domingo, 18 de septiembre de 2022

De la inmovilidad como garantía

Dijo Macedonio que si no quedaba pan viejo para el día siguiente, que si su hija llegaba por la tarde a acabarse el pan del día, que si la hija que propiciaba el conjuro no se pinchaba el dedo con la aguja al coser, dijo que si todas estas cosas ocurrían invariablemente, la muerte no lo hallaría en su cuartucho, no lo sacaría de su madriguera tibia.

Y dijo Alfredo que de niño no quería ir a la escuela, y que se daba en esa época y esas horas en el patio a la imitación de los vegetales. Parado en silencio, tenía la mágica ilusión de que convertido en ficus por simple inmovilidad, pasaría inadvertido.

En las noches de terror de la infancia, yo, que sabía que el espanto estaba suelto en la oscuridad, me tapaba con sábanas y frazadas, intentaba la no respiración, el no latido, la quietud sin fisuras que no arrojase ondas que atrajesen a los depredadores.

Quietos, quietos. Que si no nos come el lobo.

Quietos que los espantos están desencadenados. Quietos que sube la marea. Quietos que llega la muerte repartiendo naipes de baraja española.

Y al que se quedó quieto lo arrastró el agua, lo llevó la mamá a la escuela, tuvo pesadillas como yeguas nocturnas. El que se quedó quieto fue descubierto igual. El que se quedó quieto perdió el juego, perdió el tiempo, perdió la vida.

Perdió.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

El silencio por supresión

Cuando llegó del supermercado empezó por dejar las bolsas encima de la mesa, y enseguida buscó lo que necesitaba frío; haciendo equilibrio con las salchichas, un corte de cerdo y las bandejitas con pollo trozado, abrió la puerta de la heladera y no se encendió la luz. Pensó que se habría quemado la bombilla, pero en el freezer el hielo era agua dentro de las cubeteras, y las milanesas habían perdido su rigidez. Quizás había dejado de funcionar desde el día anterior, pero recién ahora lo notaba.

Justo ahora, se dijo, pero siempre el día de hoy es el peor momento para que algo salga mal. Justo ahora, se dijo, justo ahora que hay que comprar la ropa de los chicos para el colegio, los útiles, los libros, y se acumulan los gastos de inscripciones y cuotas. Se recostó contra la mesada, justo ahora.

Después de suspirar y peinarse con la mano el cabello, le tocó timbre a la vecina y le preguntó si tendría lugar para dejarle algunas cosas en su heladera. Puso todo en una bandeja y volvió. La vecina le objetó que estando los artículos descongelados no era bueno recongelarlos, que hay que consumirlos o tirarlos. Sucedió la argumentación; ella que no, que en un documental explicaron que no es malo volver a congelar los alimentos, que no, que para nada, y había la cosa de la ruptura de las paredes celulares que cambia la textura pero no hace que las cosas se echen a perder, y mientras tanto con la bandeja arriba de la mesada de la vecina, y las cosas tan a la vista, los envases abiertos, esa desprolijidad expuesta a extraños.

Pero que no importa, de veras, en serio que dijeron que se pueden volver a congelar los alimentos descongelados, y la vecina que no se convencía y ella que se sintió absurda dando explicaciones, casi suplicando que le ponga las cosas de una vez por todas en el freezer, y se hubiese ido si no fuese porque mantenía la sonrisa y la paciencia porque necesitaba salvar la mercadería, más aún ahora que quién sabe cuánto iba a costar el arreglo de la heladera.

Por fin volvió a su casa y se le endureció el estómago cuando pensó que debería decirle al marido que la heladera no funcionaba. Justamente la heladera, que era una de las cosas que habían perdido su existencia.

Si lo que no se nombra desaparece, es como si no estuviese o jamás hubiese existido, entonces en su casa había una enorme cantidad de objetos fantasmas.

Para que ocurriese la desaparición de la heladera había sido lo del hijo menor. Dos años atrás le regalaron un triciclo, y a causa del entusiasmo que le produjo el triciclo rojo, la misma mañana del cumpleaños no esperó a salir a la vereda, se subió a su triciclo y cuando intentó girar en la cocina, la rueda trasera chocó contra la puerta de la heladera y le dejó una dolorosa herida arañada con pintura roja sobre la pintura blanca.

Desde entonces, hacía ya dos años, la heladera había pasado a formar parte de la casta de los innombrables.

Una vez que hubo gritos motivados por algo, el lugar o el objeto involucrado quedaba anulado del registro de realidad de la familia. Era una norma jamás enunciada, pero los niños la acataban perfectamente con esa comprensión animal de los niños por los climas espesos, los rostros mudos y las expresiones de los cuerpos torturados. Habían comprendido perfectamente, los niños, que una vez borrado algo de lo visible y señalable, debían obedientemente enceguecer sus propios ojos a lo molesto, a lo acaso peligroso.

La mujer se dijo que para comunicarle al marido que la heladera no funcionaba, debería nombrarla, decir la heladera no funciona, y ese nombrar la heladera la traería de vuelta a la realidad tangible, y otra vez quedaría expuesta la rayadura roja sobre la pintura blanca, y sería nuevamente el grito, quizás el golpe. Pensó en llamar al service sin decirle al marido, pero jamás lograría que la arreglasen antes de la cena cuando la necesidad de hielo para el vino con soda la dejase expuesta.

Quizás pudiese llamar al service y guardar silencio, y el marido al abrir la heladera no hiciese comentarios, y la heladera siguiese en modo de fantasma, y el marido quizás se contentase con fruncir el ceño y mantener un silencio más espeso y no otra cosa. Quizás se pudiese sortear el mal trago, quién sabe.

Y justo ahora, se dijo, justo ahora tiene que aparecer la heladera. El televisor no se nombra desde que la nena se levantó sigilosamente en la noche a ver el final de una novela, y el padre salió de la cama y arrancó el enchufe de la pared. El piletín está armado todavía en el patio, y los chicos lo usan, pero no se habla de él desde que salpicaron demasiado, el agua llegó a la calle y un inspector municipal les levantó una multa.

La mujer recorrió la casa y faltaban tantas cosas. Tanto sinsabor había desdibujado, uno a uno, el respaldar de una cama, una de las bicicletas, la puerta del placard de los chicos, el piso del baño, un estante del pasillito. Y aquello también, y la azucarera, y tanto más.

Miraba desde el recuerdo la casa, y veía su hogar cuando todavía no faltaba casi nada, y se podía hablar de la cortina, del colibrí en las flores azules, de la película en el cine y de aquellos amigos que, también, uno tras otro habían ido desapareciendo.

Abrió la guía telefónica para buscar un service de heladeras y habló resignadamente. Recién mañana pasarán a hacer un presupuesto.

Sentada con las manos sobre el regazo, la mujer anheló el día en que ella y sus hijos demuestren su absoluta, su inocultable incorrección frente al marido, y puedan desaparecer finalmente, escapando, por fin, de su mirada.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

El hombre que calla

Dijo “no, gracias”. Dos palabras, pensó, está bien, perfecto, simple y fácil. Sensación de tranquilidad, todo encaja, las esferas se desplazan sin escollos por una superficie pulida. Epifanía.

Hace ya demasiado tiempo que cuida sus frases, cuenta mecánicamente las palabras, tacha las que se pueden obviar, siente la satisfacción del avaro que economiza un céntimo.

Es un hombre que calla. El silencio ha venido quedándose a su alrededor como una neblina de esas que al mirar por la ventanilla del autobús se levanta de los bañados, y son jirones y luego un humo transparente y finalmente desaparece el paisaje y sólo los altos follajes sobreviven a la irrealidad.

No es un silencio definitivo, alguna que otra vez una palabra necesaria se le desprende y muere apenas pronunciada. Escuetas frases concedidas a la cortesía, una respuesta, una pregunta o un pedido con el número imprescindible de voces. Ejercicios de contención, sus sentencias son como las palabras cruzadas del periódico: cuadraditos, casilleros más blanco y negro que pintura impresionista temblorosa de pinceladas y manchas.

Este hombre cuando habla sigue callando y no sabe, él mismo, que cuando habla calla.

Ahora sonríe al portero y la sonrisa reemplaza al “buenas tardes”, cabecea al compañero de trabajo y se ha ahorrado un saludo, afirma con un gesto y descuenta un “sí”.

Por alguna razón hay datos que se afirman como pilares y se tornan encadenantes. Ciertas supersticiones generan ritos que nos acompañan en lo cotidiano. Habrá quien se avenga a la pueril pulserita roja contra la envidia, quien se persigne cuando transite frente a una iglesia, quien tire sal por sobre el hombro izquierdo cuando involuntariamente tumbe el salero.

En algún momento se le unieron informaciones desparejas. De pequeño leyó o escuchó que los animales tienen el latido de su corazón ajustado de acuerdo a la longitud de su vida, las especies longevas tienen un ritmo cardíaco más moroso, las efímeras redoblan pulsaciones dilapidando impulso vital. Así el pequeño corazón del colibrí es un tamborcillo enloquecido, mientras que los corazones de las lentas tortugas laten con la parsimonia adecuada a su longevidad. Habría entonces para cada uno un número prefijado de sístoles y diástoles, y cada carrera o susto acerca al individuo a su muerte. Pensó en algunas excepciones, se preguntó si esto dado por verdadero en líneas generales será, precisamente, una generalización al gusto de las divulgaciones de nota de relleno en el periódico, o de las páginas de noticias insólitas.

Como todo aquello que nos conmueve, quedó en él sin necesidad de prueba o confirmación. El hecho de dudar de la veracidad del dato lo hizo más cercano a lo mágico y verdadero en cuanto a ser un artículo de fe.

Reflexionó sobre el número exacto de inspiraciones y exhalaciones a lo largo de una vida, en la precisa cifra de parpadeos, en el número de pasos posibles, en toda esta finitud de acciones, esta contabilidad incógnita y sin embargo precisa y finita.

Aquel niño se sentará un determinado número de veces antes de morir. No sabe él el número, no lo sabe su madre, pero es indiscutible que el número existe. Debiese estar ocioso el Dios que llevase las cuentas de todos los mortales, que cuántas veces ha dormido éste y que cuántos pasos le quedan a aquél, pero supone que no es imprescindible contar las hojas que quedan en el árbol para que caiga la última, y del mismo modo determinados actos se gastan. Entonces es bueno y necesario hacer economías y ser cauto al ir entregando las monedas para retrasar la bancarrota inevitable.

Tantas veces me habré calzado, tantas me cortaré el cabello, tantas veces producirá la médula un glóbulo rojo, uno más.

Matemática secreta, oculta, roja, de sangre y órganos, de acciones húmedas, acaso reprobables.

Pensó en los óvulos que nacen con la niña y poco a poco se liberan a su destino de procreación. Todos ya allí desde la beba sonriente en su cochecito. Los futuros hijos, uno por uno los óvulos, muchos, pero ciertamente no infinitos, y uno de ellos, el último.

No practicó el sobresalto, se alejó de parques de diversiones y deportes para no malgastar el número exacto de latidos que se le destinan. Y no fue nunca un hombre que temiera a la muerte, sino que sintió hacia los días futuros cierta clase de extraña avaricia.

Luego, y también por una de esas razones que se pierden en lo borroso, sintió que para él había un número exacto y prefijado de palabras que podría utilizar. Y las palabras entonces –se dijo- no será que las palabras también están contadas en el racimo que nos pertenece. No será que cada palabra achica el período de gracia, no será que al gastar los verbos, los sustantivos, no será que con la palabra de menos nos acercamos a la muerte.

La muerte como bolsillo vacío, como hueco.

Economía.

Sin percatarse demasiado, fue escardando sus frases hasta convertirlas en esqueléticas ramitas invernales. Cada adjetivo era un derroche, alguna vez comparó las descripciones a fumar un cigarrillo que fuera tapando los bronquios y envenenando lentamente los pulmones para provocar el colapso último.

Pero no es algo que meditase todos los días, y si le preguntáramos el por qué de su laconismo lo juzgaría producto de su carácter o de la mera costumbre. Antes, mucho antes de los psicólogos y las terapias ya sabíamos que cada acto es resultado de factores lejanos y sumergidos en el olvido. Ni tan siquiera es necesario creer en algo para ajustarse a sus reglas, seguramente reconocería lo absurdo del razonamiento si se detuviese en ello, pero ya habituado a la caligrafía japonesa de su vida, encuentra natural que para describir un temporal basten cinco líneas en un árbol y un cabello enloquecido.

Pensar la frase perfecta, la más breve. Abreviar, cortar, suprimir. Alejarse del precipicio final a través del ahorro.

Este escaso intercambio verbal se refleja en una notable sequedad en el trato, en poca transmisión de sus sentimientos y, finalmente, en sentir cada vez menos. Nada para decir, nada para compartir si cada palabra tiene un precio que pagará indefectiblemente.

Las palabras dichas son monedas que se alejan de la bolsa, las palabras pensadas se van recortando también, y la pizarra superpoblada de la niñez, llena de dibujos con tizas de todos los colores se le ha ido tornando pantalla de ordenador, campo blanco y letra destacada.

Tamaño ejercicio de estilo lo ha dejado en soledad. Tiene una esposa que lo tolera, dos hijos que lo soportan, compañeros que no notan su ausencia. A su lado florecen las narraciones y los grafitis, las conversaciones se entrecruzan y millones de informaciones innecesarias se derraman y gotean. La gente charla de lo importante y lo intrascendente, mienten, exageran, repiten.

Este hombre que calla es un palote negro, un redondo silencio en la sinfonía turbia de vientos y cuerdas enloquecidas.

“No, gracias” ha dicho. Perfecto, simple y fácil.

Llegará el día en que tanto ahorro encuentre la necesidad de ser dilapidado. Se suicidará sin pastillas ni soga de nudo corredizo. Será por despilfarro. De buenas a primeras comenzará a hablar y pasará del balbuceo al canto, del canto a los pensamientos inconexos, a las estrofas inabarcables y a la superposición de colores. Se le brotarán recuerdos y tirará adverbios a las fuentes, no reparará en gastos y a sus nietos les repetirá el mismo cuento hasta que las páginas manoseadas se manchen de masita de chocolate y crema de leche.

Pero este hombre todavía calla. Le resta un poco de tiempo, aún, para la liberación.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com