domingo, 25 de septiembre de 2022

Balcón al abismo

Las quintas son lugares donde la gente siembra vegetales, donde se cosechan frutas y el quintero recolecta sus repollos o pimientos con sombrero de paja y camisa a cuadros. Eso eran las quintas en mi librito de segundo grado; sin embargo, aquí las quintas son lo que queda de ese pasado campesino. Nombrarlas es decir caminos de arena con enormes eucaliptus, álamos que imitan el sonido del mar con el follaje abundante, perros acostumbrados a aquerenciarse a cualquier vecino con asado en la parrilla, pájaros y chicharras estridentes, casas de campo en cuadrados más o menos espaciosos, alguna lancha bajo un tinglado de chapa, quizás, un montón de piñas para encender los fuegos de la noche, gente haciendo ocio, podando las ramas indisciplinadas, pintando con pincelito de fin de semana los sillones de hierro.

La quinta, falso rancho, falsa vida cercana a lo montaraz, ilusión de naturaleza y lejanía, una vida salvaje encuadrada, regada, podada y con abundante cloro para mantener el agua impoluta. Hasta el río tan cercano, marrón y violento, está enjaezado con embarcaciones prolijas como un inquietante semental cepillado y limpio en la Sociedad Rural.

Es lo que podemos tener de silvestre, es lo que en realidad podemos tolerar a estas alturas de toda una vida de caminar con zapatos y usar acondicionador de cabellos.

Un poco más allá del alambre tejido del perímetro comienza la oscuridad, los abismos de los cielos estrellados, el arrastrarse de alimañas entre pastos sin segadoras ni rastrillo. Un poco más allá del orden se crece un caos de seres innominados, desconocidos, se crece un espacio excesivamente vasto. Es el abismo con su oscura muerte agazapada.

No deseamos tanto al fin y al cabo. Como quien busca la dosis de vértigo en una montaña rusa de feria, nos satisfacemos con la suficiente ilusión de naturaleza propiciada por el césped amable, la rectamente recortada porción de agua en la piscina celeste.

Decimos que amamos la naturaleza mientras nos untamos con protector solar, vacunamos al perro, le sacamos una foto de lejos a la culebrita verde que apareció muerta al lado del limonero. Me encanta la vida de campo, decimos, abriendo la garrafa de gas como quien arriesga una picada en el monte donde no hay señales, como quien se entrega con la canoa a los meandros incognoscibles y complejos, como quien oye el mono aullador y sabe que está solo en la maravilla atroz de la selva que oculta sus cadáveres y sus insectos.

Y para qué más.

Que otros buceen en los abismos. Los tiburones son meras referencias culturales, los leones son metáforas, el tigre nos remite a Borges en su biblioteca de fractales, con lámparas de cristal verde y libros editados en ocho cuartos, tapas de pasta. Pero el olor del tigre, pero el erizarse de chillidos, pero la presencia ominosa.

A otros la cercanía de la verdadera oscuridad. Y sin embargo esos resquicios, esas junturas que no termina de sellar el mundo seguro, sin embargo y así las cosas.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

Tenés que elegir

Hace muchos años en los patios de la escuela se formaba un trencito, y dos chicos hacían de barrera. Cuando atrapaban al último vagón entre los brazos le decían “frutilla o chocolate”, y el chico elegía frutilla o chocolate (no otra cosa, otra cosa no se podía), y se colocaba detrás del niño frutilla o el niño chocolate. Ganaba el que quedaba con la fila más larga detrás de sí.

Ahora el gobierno y el campo nos piden que nos encolumnemos, también, sin darnos demasiada opción de elegir algo diferente a las dos únicas posibilidades.

Un problema económico se transformó en político y acabó en ideológico.

Los del campo se negaron a desalojar las rutas, desobedeciendo una orden judicial. El gobierno no da quórum para tratar el problema en el Senado. Los manifestantes peronistas llevaban palos y la policía los dejó correr a los contrarios. El país entero es rehén en el conflicto.

Todo está permitido. Los trasfondos son tan oscuros que todos pueden sacar basura de los otros armarios y arrojársela a la cara. En algún punto tienen razón, todos, especialmente cuando esas razones están fuera de contexto.

Y la sociedad se divide. Y volvemos a “los negros de mierda” versus “la gente que quiere trabajar”. El peor de los fracasos, el más miserable de los retrocesos. A favor o en contra, no se aceptan críticas, sólo adhesión incondicional.

Seré ingenua, no creo que este gobierno encarne el ideal socialista. No creo, tampoco, que toda la gente que apoya al campo sea de derecha. No creo que se busque un golpe de estado. No creo que la gente tenga que optar entre dos ideologías. Al menos no por ahora. Salvo que sigamos por esta vía muerta que termina en un enorme paredón sin salida.

Yo no quiero ni frutilla ni chocolate, o quiero las dos. Se puede. Para eso está la democracia. Pero para eso están los instrumentos democráticos, no los cortes de ruta, no los actos de apoyo o rechazo, no los discursos de barricada ni los emisarios bravucones.

Yo quiero legalidad para todos. Normas claras y vigentes para todos. Justicia social de veras y también, y especialmente en las provincias pobres (que la justicia social sea una bandera que nos una, no una pertenencia partidaria). Y que nuestros representantes nos representen. No hay otra manera de que funcione la cosa.

Frutilla, chocolate, dulce de leche, vainilla. ¿No era éste un país generoso?


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

sábado, 24 de septiembre de 2022

De vuelta

A la vuelta de París en el TGV volaban los pastos, las casas, el campo francés corría hacia atrás y los regadores enormes por aspersión creaban arcoíris que corrían corrían a la vera del tren. Llegando a los Pirineos, la mentirosa sensación de vuelta a casa, Euskadi ya presente en los caseríos blancos y las puertas y ventanas como de caballeriza, sin aberturas en los postigos a dos hojas.

Y en París el mundo, japoneses, enormes altísimos escandinavos diluídos los colores salvo en los mofletes pincelados en riojo señal, japoneses multiplicados, árabes mujeres cubiertas, negros y más negros prietos, nocturnos, los negros limpiando barriendo, llevando cajas.

La tour Eiffel parecida a sí misma, medio grisecita, un color arratonado. Visible desde el Sena, desde todos lados. Mucho dorado pero dorado deslumbrante en los monumentos, la punta del obelisco, estatuas completas de oro al sol. El pont Neuf, que si alguien vio la película, bueno, ahí están los clochards. Y los artistas callejeros, y láminas antiguas bellas, hermosas láminas de coleccionistas de mariposas, de flores, de mapas. Libros y libros, CDs como los que compramos con mamá ¿Cuáles? Jacques Brel y La Piaf. Y lleno de gorriones, hablando dela Piaf, compitiendo en velocidad con las palomas a la hora de conseguir unas miguitas.

Notredame enorme, enorme, trabajada cada piedra, con miles de personas hermanadas por el cuello torcido hacia las alturas en penumbras. Y un concierto de órgano, tenemos demasiada suerte. Un concierto de órgano en Notredame. Y fieles e infieles admirando la belleza dedicada a un cierto Dios que ya no está.

El paseo por el Sena con tantos puentes, cada uno rival en hermosura y en historia. La isla de la cité como un barco en el centro. Los parisinos tomando sol como quien va a la costanera. Ya sin ver lo habitual, como los perritos paseados por históricos lugares sin conciencia del transcurrir de los siglos, ocupados en olfatear una silla cuando por allí fue muerta tanta gente, que el olor de la sangre espantaba los bueyes, que se negaban a pasar.

Y la tumba de Cortázar, los mensajitos debajo de piedrecitas, las frases, la emoción desbordante de la tumba del Julio. Las mismas emociones frente a la tumba de Sartre y Simone. Una emoción que no se disipa, contenida por ese cementerio también excesivo, enorme y solitario en su discusión con la muerte. Las tumbas de los soldados condecorados en la primera, segunda guerra. Es vieja la Europa. La conocemos bastante, una reconoce partes de la propia historia en estas piedras.

La Sainte Chapelle de muros perforados, apenas unas columnas y lo demás vitraux complicados, complejos, de minúsculas piecitas difíciles de abarcar. Colores en los muros. El suelo igual de bello, todo decorado exquisitamente, centímetro a centímetro.

El métro, esa intrincada red que me vuelve a Cortázar. Y una que se las arregla para sacarle a la máquina amenazante un tiquet, y descubre para qué lado se va a la Gare Saint Làzare. Y preguntar a la gente en la calle. Casi todos extranjeros, Un hombre atractivo que viene haciendo jueguitos con la caja de fósforos, el cigarrillo en la boca, y se le cae la cajita justo cuando daba para la foto de galán. Argentino, claro, pero afincado en París.

Y qué más. Mil cosas. Bueno, vale la pena.

Hoy comimos cocotxas de merluza en salsa con mejillones, pimientitos fritos, croquetitas de jamón, al café barquillos y chocolate con avellanas.

Un abrazo grande.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

Pedacitos de cielo

¿Viste el cielo?

¿Viste cómo el celeste y el azul y el rosa, cómo el blanco, cómo las nubes? ¿Viste las nubes?

¿Viste el mar que corre invertido, esa liquidez de los mediodías, esa lejanía y esas nubecitas que de pronto te bajan el techo antes tan imposible? ¿Viste la luz de fuego, el sol naranja, las capas atravesadas por rayos incandescentes? ¿De veras que vos también viste el cielo? ¿Los borreguitos amontonados, los jirones desgarrados de tules evanescentes, los colores? ¿Viste los colores?

Y las nenas en la terraza. De las nenas en la terraza me contó Rodolfo, esas no las vimos.

Dos nenas en la terraza, magia con palitos, varitas de hadas ingenuas. Haditas pequeñas, hadas.

Dos nenas y una terraza y el cielo perfecto.

Arriba las nubes de algodón, de lirios blancos, nubes de difuso sueño de anémona, nubes de nubes. Nubes sobre fondo de atardecer y en contraste las figuritas bailarinas de las nenas en la terraza.

Las dos niñas. Manos en el aire, manos que trazan círculos que perduran apenas un momento como giro, como rueda invisible, como hechizo en el aire. Palitos, varitas en las manos tiernas.

A las nenas les gustaría comer el mágico algodón de azúcar que venden en ferias y circos. Ellas quieren el algodón de azúcar, y les han dicho que están hechos con pedacitos de cielo. Y entonces ahí están, en la terraza, probando a enredar el cielo en las varitas.

Las nenas giran sus palitos batiendo el aire, giran sus palitos, giran ellas con esperanza, con fe, con los bracitos redondos giran sus varitas para atrapar trocitos de cielo.

Vos sabés, claro. Sabemos que es así, que no hay otra manera. Las nenas atrapan en la terraza recuerdos para el después, cuando lleguen los inviernos del desamparo, los otoños de la melancolía. Las nenas atrapan recuerdos de belleza, danza de aves, sensaciones limpias para esa vida que se les viene. Atrapan felicidades para cuando el algodón de azúcar ya no sea un manjar. Para cuando ya no crean en magias ni en imposibles realizados. Para cuando sepan los cómos y los cuándos pero nunca los por qués.

Y las nenas atraparon, para siempre, al cielo rosa, al cielo blanco, azul, celeste. Y se lo metieron dentro como si se lo comieran.

¿Viste el cielo?


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

Arvejas de primavera

Estoy abriendo las vainas para sacar las arvejas. Mis manos se transparentan por detrás de la veladura verde tierna de las chauchas. Una por una las abro, y se encuentran las pelotitas húmedas, nuevas, esas arvejas de verdad, no las de lata, secas y vueltas a hidratar, arenosas y pasadas por la industria. No, estas arvejas vinieron en bolsa de red, estaban en la verdulería, en un rincón, y me las traje sin envase ni marca. Venidas de las quintas estas arvejas de la primavera.

Miro mis dedos transparentándose por detrás de las vainas esmeralda, y pudiesen ser los dedos de mi bisabuela allá en Euskadi, los de mi abuela, sentada en la silla de la cocina, con un repasador en el regazo y la paciencia de quien extrae tesoros uno por uno y forma el montón de cáscara por un lado, las perlas por el otro.

De niña le dije alguna vez a mi madre que para qué el trabajo, si no son tan caras las latas en el supermercado.

No era sólo la textura incomparable, el sabor más dulzón, la frescura de lo recién cosechado. Era el rito de la primavera.

Giuseppe Archimboldo era un pintor extraño, que hace medio milenio anticipaba el surrealismo, y armaba retratos de personajes con una mixtura de objetos o vegetales o animales. Extraños en verdad esos personajes acaso temibles. Pero recuerdo la personificación de las estaciones. Y en el personaje que representa o resume la primavera hay arvejas, espárragos, alcauciles.

Dice mi mamá cuando se va el invierno que hay que celebrar con la merluza en salsa verde, con el cordero al txilindrón, con esos platos que no sólo reconfortan con su sabor, sino que son ellos la propia celebración de lo nuevo que llega y lo viejo que se va.

Ritos, costumbres ancestrales, las manos de las mujeres de la familia que son unas solas en el tiempo, desgranando las arvejas mientras el siglo avanza y el tiempo devora los días y las estaciones.

Los días se regían por la luz, los meses por las lunas crecientes y menguantes, las estaciones por la irrupción de las fresas, de las papas nuevas, de los tomates maduros con olor a campo recién llovido.

Hizo falta que se perdieran lo ritos y las iniciaciones y los lutos para que los psicólogos nos digan que son necesarios.

Frente a la fría asepsia de los refrigeradores de supermercado, traigo de la verdulería mi bolsa de arvejas en sus vainas delicadas, estuches preciosos de cierre perfecto.

Y recupero las manos de mis antepasados, y celebro que hemos vivido un año más.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

Las suelas destrozadas

Un día voy a calzarme las viejas zapatillas y encuentro que la suela de goma se ha abierto completamente. Y no en una, sino en las dos. Me sorprendo como cada vez que esto me pasa, y pienso en la fatiga del material, en ese instante ya predeterminado desde la fábrica, fijado para la caducidad y el desgarro.

Recuerdo que usé ayer las zapatillas, y estaban bien. Y de pronto hoy las dos suelas destrozadas. Como las flores del bambú, que se abren en todo el mundo unidas por una red intangible, como las gemelas que se despiertan en el dolor compartido, y una llora, y a la otra la angustia le cierra el pecho.

Pero encuentro las suelas destrozadas, de pronto. Y ayer no estaban así. Y quién es esa mujer que en el espejo me devuelve una mirada con otro color de ojos, con otra expresión, con unas arrugas que no eran y con esa tristeza de ver un poco más allá, más arriba, un tanto más atrás de las cosas. Si yo sigo haciendo chistes tontos, sigo bailoteando, sigo yendo al baño en puntas de pies y a la carrera. Quién es esa mujer que apareció así, de improviso, tan de un día para otro que hasta mi madre me dice que en las fotos del año pasado todavía estaba esa muchacha con sonrisa abundante. Pero ya no. Pero ahora esta mujer oscura, esta mujer que no se reconoce.

Me miro y hay un pozo allí. Hay una persona con fatiga de material. Alguien que no permaneció incólume, que finalmente y de un día para otro se rasgó y se le nota.

No es extraño envejecer. No es inusual que los profundos dolores y las terribles tristezas nos tracen un mapa debajo de la piel y en la escritura de la mirada. Lo que me sorprende es lo súbito, lo extraño de que una imagen nueva y sin embargo tan verdadera se presente en los reflejos.

Me miro en el espejo. Veo las noches, tantas oscuridades, la cercanía de las muertes, las partidas, los dolores de la traición esperada e inesperada. Veo la acumulación de días, la soledad que hizo muros, la dulzura de los llantos calmos como lloviznas. Veo una mujer triste allí. Menos pronta a juzgar, más pronta a la ternura, pero tan cercana a la melancolía.

Tomo las zapatillas rotas, las pongo en una bolsa, las desecho. No le servirán a nadie. Me miro en el espejo, le sonrío a esa mujer triste, me visto con una prenda de colores claros y preparo para ella alguna futura felicidad.

Saludo a la mujer que he venido a ser. Me miro detenidamente para no perderme, para reconocerme entre la multitud.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

Latidos

Cada pueblo tiene su propio ritmo; su ritmo de caminar, de trabajar, de poner la mesa. Los movimientos les son propios como lo son el lenguaje y la música, ese otro lenguaje que quizás venga de la gente, quizás de la tierra y del paisaje que brinda.

En Japón he visto las artes marciales que se repiten en la forma de golpear los tambores, de bailar esas danzas que aúnan la lentitud y una contenida violencia, en los sonidos breves y guturales. La misma tensión entre lo estático y la rapidez extrema. Las enormes banderas son agitadas por figuras inmóviles, la precisión de las ikebanas de proporciones perfectas, la belleza de los jardines, la posibilidad siempre del horror y sin embargo la infinita paciencia; la habilidad aprendida, ejercitada y trabajada de un hombre que mezcla la tinta, que con un pincel escribe, dibuja, pinta la palabra como quien hace una señal definitiva. Hay un ritmo, una marca, un acorde que abarca cada cultura y le imprime las notas y los silencios.

Una mujer daba a luz. Rodeada por su hijo, su vecina, su marido, daba a luz. En el suelo estaba la mujer, sobre un colchón delgado. Ella misma pujaba con un canto rítmico, todos la acompañaban y el acto de dar la vida de traer la vida era una canción. El niño encontraba el aire y el afuera traído, recibido, acunado ya por las voces y los sonidos que lo arropaban y le daban desde el inicio el ritmo de su pueblo.

La canción rítmica que se repite en lo cotidiano. En los pasos retumbantes de las sandalias de madera sobre el pavimento, en el ritmo de la danza de cuerpos que se deslizan y de pronto acaban en una pose de estatua, en el ritmo vertiginoso de la oración que también es comunitaria, y que crea la epifanía del ritmo de la vida que se repite circularmente.

Cerca del suelo, siempre. En comunidad. Y serán las sandalias, el martillito de metal que guía los rezos, los pujos de una parturienta; será la música, el ritmo, será la vida la que marque sus compases.

Y mientras tanto las historias son las mismas historias. El que muere, el que nace, el que crece y cambia, el que de pronto conoce una verdad oculta.

Así como imagino una voz distinta para las diferentes multitudes, una melodía propia para los paisajes de montaña, para los lacustres, para la selva. Así como los ojos rasgados del oriente y los ojos acuosos del norte. Así como el sustento con maíz y batata o con arroz y verdura. Así como el sentido de lo cíclico o la creencia en una direccionalidad en la historia. Así como todo eso crea culturas diversas, los ritmos se ajustan a los pueblos, los expresan, los definen.

Y con su propio ritmo todos los seres humanos bailan, nacen, mueren. Sinfónicamente algunos, algunos discordantes, algunos solos. Todos, todos, llevando los compases heredados, aprendidos, amados u odiados. Cantando, si tienen esa fortuna, su propia canción.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

Ignorancia de la nuca y el perfil

Juan tiene un nombre común, un nombre casi anónimo por multiplicación de individuos. Juan, a quien le ví un rostro difusamente conocido, me pidió que le firmase un libro y le hiciera una dedicatoria.

Yo no soy una autora famosa harta de halagos y expeditiva por hartazgo. Hablé con Juan, le pregunté “¿Y quién sos?”. Me contestó que no sabe quién es. Le respondí que eso es algo que nadie sabe, que nadie sabe quién es, y dije esto siendo poco original aunque sea efectivamente cierto. A Juan, que no sabe quién es, escribí.

Nadie sabe quién es, cuál es su esencia, aquellas cosas de las cuales es capaz pero no hace por falta de oportunidad o por no estar lo bastante motivado.

Nos percatamos de que es difícil conocer nuestro interior, creo que podemos acordar con cualquiera en que hay una rápida coincidencia en que sentimos esto, pero rara vez notamos que al ver el mundo, (el universo, si queremos ser muy abarcativos), al ver el universo no nos vemos en él a nosotros mismos. Todo lo vemos, menos a nuestra propia presencia. Alguna vez un vidrio, un espejo, alguna superficie brillante nos muestra nuestra imagen, pero esa imagen nos mira de frente, alerta y posando para nuestra mirada.

Conocemos al detalle los pormenores de cómo nuestros amigos caminan, sonríen, se enojan. Podemos describir cómo éste se inclina hacia atrás, cómo ella sacude la cabeza aseverando lo que dice, cómo se pierde la vista de él cuando en medio de la reunión súbitamente se sumerge en las profundidades de su propio reducto.

Pero a nosotros, a nosotros mismos no podemos describirnos con propiedad. Cómo caminamos, cómo nos paramos, cómo cambia la mirada cuando una oscuridad nos ensombrece. Son otros quienes nos descifran y reconocen. Nosotros estamos condenados a ver sin vernos. Nuestra mirada va hacia delante, hacia lo exterior, lo que tenemos enfrente. Nosotros no estamos en ese mundo que nos rodea.

Cuando Myriam se topó de pronto con su imagen chocando en un comercio con un espejo, pudo verse como a una señora un poco confundida que se hacía a un lado, y por un segundo pudo darse cuenta de cómo la ven los demás. Por qué alguien le cede el asiento en el autobús, si en sus sueños sigue apareciendo la muchacha que fue y que quizás eternamente siga siendo en el territorio de lo profundo. Myriam ve una señora, y por un segundo de extrañeza vislumbra la imagen elusiva que se refleja en los ojos ajenos.

En las fotografías y en las filmaciones nos quejamos de lo mal que salimos retratados. No podemos vernos, no queremos vernos, no deseamos modificar ese personaje que vagamente se nos parece pero es una construcción de nuestra imaginación.

Entre los objetos y los seres, uno hay que no podremos conocer jamás. Para nombrarlo, le damos el más común y el más engañoso de los apelativos. Le decimos “yo”.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

Jeroglíficos

Un hombrecito moreno sostiene un pincel con pintura negra. Debe pintar un ojo en el muro. Ha visto, en su vida de artista observador, miles de ojos diferentes, con los párpados arqueados, arrugados, escondidos, con el iris marrón oscuro, claro, con intrincadas venitas rojas, con destellos amarillentos o verdosos; ojos oblicuos, pequeños, enormes, separados o extraordinariamente juntos; ha notado asimetrías y formas puras o mezquinas. Ha visto miles de ojos con sus particularidades y miradas diferentes.

El hombrecito sostiene con firmeza el pincel, y con absoluta seguridad pinta un ojo lineal, simple y claro, idéntico al que pintaba su padre, su abuelo, su bisabuelo. Está, él mismo, enseñando a su hijo la exacta manera de representar un ojo.

Ana sale de su casa, suena una musiquita, y sabe por ella que su amiga Laura le ha mandado un mensaje. En la pantallita aparece la imagen de un animalito llorando, se ven las lágrimas que rodean su cabeza. Laura está triste. Ana le envía la imagen de un arcoíris entre nubecitas, las nubecitas nítidamente dibujadas con las curvas de una mano infantil.

Ana va a desayunar, mira las fotografías de los combos que se ofrecen, y señala a la empleada el combo cuatro. El combo cuatro consiste en un café con leche, una medialuna y un vasito de jugo de naranja, todo ello claramente representado en la fotografía.

El hombrecito moreno en un solo movimiento delinea eficientemente el ojo tal y como el ojo debe ser. Renunciando al desmesurado ojo de Picasso, al imposible ojo rojo y azul de un artista fauve, al ojo naturalista de Dalí, que coloca la realidad en medio del sueño. Renuncia al ojo estilizado de Giotto y al ojo de violento claroscuro de Caravaggio. Renuncia, el hombrecito moreno, a su propia experiencia para ceñirse a un lenguaje fijo, inmóvil y pautado. Pinta con incomparable precisión el mismo ojo. Exactamente el mismo ojo que el lenguaje oficial del faraón requiere, establecido por los sacerdotes y avalado por la tradición del imperio, que fija el tiempo deteniéndolo en un único instante, retiene las estrellas y asegura que el orden del mundo sea eterno e invariable.

Ana no necesita preguntar nada a nadie. Un cartel le indica la parada del autobús, las flechas en las paredes le marcan el camino, un tenedor le dice que hay un restaurante en esa dirección, un hombrecito y una mujercita esquemáticos le aseguran que por allí hallará baños.

Hemos vuelto a una esquematización del mundo. La infografía se va normalizando hasta constituir el verdadero lenguaje universal. Simple, claro, eficaz. Más extendido que el inglés, carente de complejidades. Expone verdades indudables y lima las desagradables aristas de la variedad de los seres y los objetos.

Ana sabe poner el dedo en un botón ficticio de su pantallita cuando suena una música, sabe que una nota anuncia que el ascensor llegó al piso cinco, sabe quién es el héroe, el villano, el personaje gracioso o la mujer bella. Todo eso se desprende con suma facilidad de unas cuantas notas indicativas en el rostro y la vestimenta.

El pintor de hace cuatro milenios renunció a la inconmensurable cantidad de ojos posibles para pintar uno, y sólo uno, durante toda su vida. No vaya a ocurrir como cuando Akenatón permitió en su reinado la libertad para los artistas, y se liberaron los dibujos y los cabellos, y los pensamientos, y ocurrió en esos tiempos que los sacerdotes perdieron el poder, y la capital del imperio se mudó, y hubo que volver atrás luego, y romper la piedra labrada, enterrar las flautas, y perder en el desierto los monumentos y el recuerdo de la época peligrosa que demostró que se puede cambiar la historia.

Simplificar, eliminar opciones, enrasar para que ninguna cima se eleve, ninguna sima atraiga con esa cosa absurda de deseo que causan los abismos. Poner un orden en los pensamientos, las palabras. Dar múltiple choice como forma de contactarse con la inagotable riqueza del universo.

Ana camina con seguridad. Nada la va a sorprender. Tiene la destreza de un mico de laboratorio para accionar los botones correspondientes. Lleva su teléfono móvil que la identifica con un número. Escucha la canción que pasan en todas las emisoras, mira el show que se comenta en todos los programas, se viste cuidadosamente con las ropas que le informan los medios que se usan en la temporada. Y Ana, como el lejano egipcio, no puede pensar en la posibilidad de que su sociedad desacomode las piezas, dé las barajas nuevamente, tome un sendero en vez de seguir la doble línea marcada en el ancho pavimento.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

De miopes y regenerados

De cerca o de lejos. Es lamentable que sea necesario formular una respuesta; decidir, optar, cuando lo mejor sería no llegar a esa bifurcación de los caminos posibles.

La operación de la vista permite que lo borroso en la distancia tome sustancia, que los árboles tengan hojas precisas y únicas en vez de un follaje indiferenciado, que los colores más allá se decidan a superar la timidez y se revelen por fin en la fuerza de rojos, amarillos, verdes, ocres, perfectamente ellos mismos y no ensuciados por la pátina general de la niebla perpetua.

El retoque en la córnea impide que la distancia sea la excusa para borrar los edificios en la línea del horizonte, atrapa las aves en vuelo, echa fijador en el papel fotográfico. Las gentes tienen rostros, en los rostros esas mismas gentes lucen facciones, y abundan, más aún, en detalles como bolsillos y costuras en las prendas.

Pero tal maravilla se conquista con las necesarias pérdidas. Ahora que lo lejano aparece claro, lo cercano, antes accesible y simple, se torna difuso.

Las personas tienen una forma de caminar, de moverse, un ritmo y un abultamiento que son íntimos pero notorios, como si en cada pequeña acción se mostrase una exclusiva forma de relacionarse con el mundo. Un miope es quizás un entrenado y eficaz observador de esos grandes rasgos. Si no distingue el color de los ojos ni el grosor de las cejas, podrá percibir por las señales inequívocas quién es el amigo, quién el transeúnte ocasional, cuál el vecino que por no saludar finge distracción. Los delatará el largo de las piernas, el balanceo de los brazos, hacia dónde inclinan la cabeza o el bulto del peinado. Señales que irradian del cuerpo y son intransferibles.

Quien ve de lejos, con memorizar los rostros tiene suficiente, y pierde el ejercicio adivinatorio, el diario ejercicio detectivesco del que está obligado a resolver acertijos para individualizar seres y objetos. Esta mancha vertical es un poste, esta mancha horizontal un pozo en la vereda, esa mancha que se mueve es mi primo Armando.

Cuando se adquiere la visión de lo lejano y se detalla el universo, nos dan la noticia de que lo de acá nomás dará un salto a lo desconocido.

Y vuelta a empezar. Ahora para presionar la botonera del teléfono es posible recurrir a secuencias lógicas de alfabeto y numeración, por ejemplo, y para distinguir entre un pedacito de chocolate y un bicho inmóvil se puede probar el objeto, aunque no resulte recomendable.

No se puede ganar sin perder, entonces. Está escrito en la letra pequeña de los contratos.

El que conquista las letras de los carteles es derrotado por las prescripciones de los medicamentos, y si notamos la forma del pico de los gorriones, perdemos las patas filigranadas de los escarabajos.

Quizás sea, al fin de cuentas, la mayor pérdida la de descifrar a las personas por sus andares, y la de ser capaces de imaginar precisión en un mundo fundamentalmente incierto.


Mónica Russomanno
russomannomonica@gmail.com

Salsipuedes

Hay una localidad en Córdoba que tiene este nombre temible. Salsipuedes. Este nombre –lo repito, temible- parece decir que el visitante llegará con facilidad pero no tendrá la misma holgura en el momento en que quiera abandonar el pueblo.

Hablábamos con unos amigos sobre los grupos, y defendían ellos los cruceros diseñados para cubrir las expectativas de pasajeros gays. Decían, y me parece un punto reconocible, que de haber sólo personas homosexuales en ellos, nadie es mal mirado ni señalado, todos pueden compartir los códigos como la música, cierto lenguaje,  la decoración, los puertos a tocar que son ciudades donde existen barrios gays. En fin, me decían que en estos barcos así como en ciertos hoteles temáticos, todo está pensado para satisfacer las necesidades de un público específico. Y, recalcaban, en esos lugares nadie debe fingir ni esconderse pues todos participan de una misma condición.

Para poner a prueba una idea, es bastante útil el viejo truco de la reducción al absurdo. Pongamos un ejemplo diferente para ver lo mismo desde más lejos, desde cierta extrañeza u otra luz quizás no tan cenital sino una luminiscencia de atardecer donde las sombras se alargan.

Propongo, entonces, un crucero sólo para personas negras, con el fin de que no se sientan discriminados por los blancos, puedan disfrutar a destajo de su maíz cocido, escuchen góspel mañana tarde y noche,  y tengan inclusive, detalle simpático, en vez de un minigolf un pequeño algodonal en cubierta para que los niños practiquen los antiguos oficios de sus ancestros. Me dejo llevar e imagino bares temáticos con grilletes y látigos pero ya es suficiente.

No es lo mismo, dicen.

Y qué tal un crucero sólo para aborígenes, con un precioso tótem a manera de mascarón de proa, artistas dedicados a pintar curiosas máscaras guerreras a los pasajeros, y todo un arsenal de plumas de colores para que las damas elaboren su propio tocado. Muy creativo y, como en los anteriores, con una absoluta libertad y comodidad ya que se encontrarían sólo y únicamente entre pares. Si todos participan de un grupo homogéneo, no hay discriminación, ya que no se puede separar un grano de la taza de arroz.

Podría haber un crucero sólo para mujeres para que no se vean expuestas a vejámenes, como se había propuesto en México un autobús femenino. Excelente idea si las hay. Recuerdo en este punto a un obispo católico de aquí en Argentina, que propuso una ciudad para los homosexuales, así no eran molestados por la gente normal. Esto es en extremo caritativo y ejemplo de conducta. Sería como realizar un pueblo para depositar a los mancos, otro para los sordos, y de allí en adelante y todo lo que se les ocurra. Es claro que nadie se burlaría de un ciego si todos quienes comparten la vida son invidentes. Buena solución, virtuosa y pensando en el bien de los pobres anormales.

No caigo en la ingenuidad de creer que una pareja gay se sienta cómoda en medio de una sociedad homofóbica, que una familia de negros disfrute de una felicidad sin atenuantes en medio de una población blanca, que una mujer camine con tranquilidad en un autobús donde viaja la hinchada de un equipo de fútbol a la cancha. Un aborigen es consciente de sus rasgos, y de que muchas personas hallarán algo reprobable en la rasgadura de sus ojos o el color de su piel.

Pero fabricar el propio gueto es un camino riesgoso, donde la protección para que el daño no entre se transforma en una barrera que impide salir.

No queda otra cosa que el ejercicio de la valentía para que los tiempos se desarrollen y cambien. No es simple y no nos engañemos, es doloroso. Más fácil es construir reservas, barrios privados, encerrarse en casa o fingir que uno es otra cosa. Pero se pierde la dignidad en el sendero de la sombra.

Una nena me dijo, cuando trataba de convencerla de que es hermosa con su pelito oscuro y sus ojos profundos “qué viva, vos tenés ojos verdes”. Acusación dolorosa y desgarradora. Tiene razón, cómo pedir coraje a los otros. Lo único que puedo hacer es no sumar ladrillos para que se erijan muros.

Cuidado con los Salsipuedes. Finalmente hay un laberinto para cada Minotauro.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

Las cuidadoras

La tía Pepa se murió, y parece que no hay mucho que decir al respecto.

Hablamos sobre su coraje para afrontar la ceguera, la soledad, la muerte de los que amaba. Nos maravillamos de su valentía, y más que nada porque no hizo nada extraordinario, salvo la pequeña faena de estar a la altura de los acontecimientos, tan poco y tanto, como ser una persona común en un universo ordenado y regido por la lealtad y lo honorable.

Hizo la tía Pepa lo que cualquier hijo de vecino haría en esas situaciones en las que se obstina en colocarnos la vida. Regordeta y bajita, se empeñó en no dejar abandonados a su suerte a los que necesitaban un lugar donde recuperarse de una catástrofe. Y no era rica la tía Pepa. No enviaba un sobre con dinero ni un lacayo con orden de ponerse al servicio de la hermana enferma. Ponía su trabajo, su cariño, su cuerpo.

Una persona, como digo, ordinaria en un universo que responda a un ordenamiento moral de los aconteceres. En este lugar imaginario, la tía cuidadora de todos y ocupada su entera vida en sostener manos y acariciar mejillas, en este lugar de leche y miel debiese, la tía Pepa, haber muerto entre cálidas lágrimas y temblorosas sonrisas.

La tía, en cambio, murió en una terapia intensiva, sin poder retornar a su San Cristóbal natal, con sus hijos uno muerto y el otro atrapado por la frontera de Estados Unidos que es lo mismo que estar muerto pero más ignominioso.

Murió lejos de su tierra natal, estragada por la imposibilidad de ayudarla de los que en otro tiempo recibieron sus cuidados. Y es que no hubo una cuenta que deje a tablas la relación entre debes y haberes. En esa cama de terapia, atendida por personas a las cuales no les concernía y no conocían su historia, sobreviviendo diez atroces días al momento en que por piedad hubiese debido dejar de respirar y latir para el dolor, la tía Pepa no obtuvo lo que por justicia hubiese merecido.

Y es que las cuidadoras no siempre son cuidadas. Y es que no siempre el bien halla su recompensa, y es que el universo suele mostrarnos que carece de rostro.

Gabriela, cuidadora ella también, pequeña y toda sonrisa y rulos alborotados. Gabriela sufrió doblemente por la muerte de su tía y porque se sintió traidora. No pudo ordenar el universo para ella. Falló.

Gabriela, cuidadora ella también, no pudo esta vez remendar el saco con un desgarrón, podar el arbusto con ramas secas, dibujar con su voz las letras que se le van borrando a Alfredo, torcer la realidad con tenazas.

Y es así, esta raza de mujercitas esperanzadas luchan cada día contra el caos e intentan dar un orden moral a los hechos que irremediablemente doblegan, rompen, desarman. Ellas se baten a duelo con la injusticia, armadas con sus ollas y sus bolsas de agua caliente. No se dan cuenta de que jamás son vencidas, porque la derrota es lo inevitable como inevitable es la muerte, pero con sólo su voluntad de presentar batalla hacen de este mundo un sitio más soportable.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

jueves, 22 de septiembre de 2022

Viajes

La alegría es de todos, se comparte y se muestra, se pone naranja y amarilla sobre fondo de cielo azul. La melancolía es privada.

Como la tarde acatarrada en la cama húmeda de fiebre, como esa puntada interna que se asoma apenas en un crisparse de la frente pero se disimula con una sonrisa. Es privada, personal, propia. La melancolía es un velo que pone humo en los ojos; un medio tono sutil, bello como el final apagado de una vieja melodía en la radio, como la efímera columna blanca que deja el alma de la vela.

Le acontece a uno. Íntima, privada, personalmente.

La vida sucede en sepia por esos días; hay eco en ruidos y palabras, hay la sensación de tiempo que transcurre tangencialmente, de gentes y objetos que van y vienen sin sentido. Hay humo en los ojos, cierta picazón en los párpados, un desgano extendido, un manto de tristeza infinita. Hay un desinterés que confundimos con bondadosa aceptación. Y hay algo que crece en el vientre despacio, despacio.

Algo se gesta en los sueños, en el crepúsculo rojo, en el oculto aire de los pulmones. Algo crece despacio, despacio, mientras nos peinamos los cabellos y mientras observamos la paloma posada en el cable al través de los cristales. Estamos tan lejos de aquí, tan lejos de todo, tan lejos de todos.

No me busques hoy, estoy ausente.

Es la fiebre. Es la realidad que ya no es, la cinta de la vida que se anuda, el calor y el castañeteo de los dientes que chocan con los dientes.

Un cuarto pequeño, un desnivel de sombra.

Los niños un día despiertan luminosos, han crecido. En ese irse de si han escapado hacia arriba, estirando los huesos y marcando ángulos en sus rostros infantiles.

Nosotros huimos hacia adentro y hacemos lo que podemos con nuestra caparazón y nuestras armaduras. Con suerte, nos despertamos un día, nos miramos el fondo de la mirada en el espejo. Hemos crecido. Podemos retornar.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

Preguntas afirmativas

Escribo para detener la disolución, para que alguien en algún lugar sienta alguna cosa, para que alguna de las hojas del árbol permanezca un segundo más aferrada al tallo. Escribo para que alguna persona se sienta movida a expresarme una sola palabra de afecto, para que un perro se rasque las pulgas en la mente de algún ser humano un lapso entre un segundo y cuarenta años.

Escribo para no irme, para escaparme, para que me vean y para esconderme.

Escribo para que piensen que soy mejor de lo que soy, para exponer mis mezquindades. Escribo para comprender alguna de mis caras que no puedo ver en el espejo, para verme la nuca, para avergonzarme a futuro, para emocionarme por lo que alguna vez pude creer.

Pongo palabras una detrás de la otra, una encima de la otra, trato de obligar al lenguaje a ejercer la imposible tarea de crear algo parecido a la realidad.

Me sorprendo de lo que escribo, me pregunto por qué, para quién, con qué razón y con qué propósito. Con qué sapiencia y con cuántas ignorancias.

Escribo porque no puedo cantar. Escribo para escucharme.

Escribo para reencontrarme y volver a perderme. Para esconder algo secreto en medio de tanta cosa superflua, quizás el nombre del amor en la Divina Comedia. Para vencer los terrores al conjurarlos, para darme cuenta de que le temo a otras cosas que no quiero, que no puedo nombrar.

Escribo para no ser lo que soy, mientras soy yo, profunda, dolorosamente.

Escribo en la noche palabras nocturnas que se esfuman a la luz del sol.

Palabras diurnas que suenan falsas a la mortecina luz de las bombillas.

Escribo hoy para hoy, aunque lo leeré mañana. Para reconocer que nunca soy la misma y me repito invariablemente.

Para mentirme alegre cuando aprieta la desesperación. Para convencerme infructuosamente de que escribir tiene algún sentido.

Escribo porque sí, y porque me es importante. Escribo porque escribo.


Mónica Russomanno
russomannomonica@gmail.com

Por siempre jamás

A mi madre


Él se quedó, no necesitó guardar cada recuerdo como algo precioso.

Cuando Margarita se fue se fue del todo, dejaba en el puerto que se empequeñecía en el horizonte todo el universo conocido. Sin viajar ella se fue; porque ella estaba quieta, el barco estaba quieto, y era el puerto, era el puerto que se marchaba, que se iba que desaparecía finalmente en el mar.

El puerto se iba la ciudad se iba, la casa la calle las amigas el colegio de la infancia, cada una de las monjas y hasta el campanario de la iglesia escapaba en fuga, las palomas alrededor en vuelo suspendido para eternamente.

Ella se fue. Cada lugar, cada rostro, cada moldura de los faroles de hierro quedó inmóvil en los traspatios de su emoción. Iguales a sí mismos, sin cambiar las bombillas, sin necesidad de una mano de pintura, faroles fotográficos. Los olores se hicieron espesos, el agua de las fuentes se congeló en un instante definitivo, y San Sebastián fue para siempre el San Sebastián de la infancia.

Como él se quedó, la vida transcurrió lentamente con sus olas imperceptibles, y cada pequeña transformación fue aceptada y borró con su aguarrás sutil el trazo de óleo que subyacía. La carretera se tragó un ala de la fábrica, el negocio de novedades suprimió la charcutería, el tonto del pueblo no sólo murió sino que se disolvió hasta en la memoria de los vecinos. El traqueteante tren se tornó silencioso y negó su antiguo encanto de columna de humo; los hombres no se bajaron más a cortar leña para alimentar el fogón y continuar la marcha interrumpida, olvidaron su deber común de pasajeros, se olvidaron incluso de los ruidos detrás de las montañas, y la pregunta de los niños “¿qué es ese estruendo lejano?”, se olvidaron de la lacónica respuesta “es la guerra”.

Ella, que se fue, que se vino, mantuvo en su mente la ciudad como una maqueta delicada y precisa. Levantaba el tejado de una casa y allí estaban las figuritas en sus actitudes típicas, las cinco hermanas eternamente en fila trenzándose el pelo unas a otras; la campesina en la plaza del mercado ofreciendo sus verduras bajadas del monte, el burro siempre a punto de comenzar a rebuznar cuando se había cansado de sostener las alforjas; los hombres derribando parte de la pared de la casa de la mujer obesa para poder retirar su ataúd. Y las rosas, las rosas ofreciendo sus pétalos jóvenes, esos pétalos que jamás se marchitaron, esparcidos por el suelo en la procesión de la Virgen.

La expresión “por siempre jamás” con su irreductible contradicción refuerza la imagen de lo eterno, punto en el que converge lo imposible y se decanta la infinita tristeza.

Él se quedó. La ciudad creció a su alrededor devorándose a sí misma. Él, que no se fue, que no vino, perdió la ciudad antigua sin saber que algo se le iba de las manos.

Margarita, cuando volvió a las calles y a su mar, llevó consigo el tiempo en los ojos maduros. Descubrió, como Heráclito y Ulises, que el retorno es imposible.

Pero detrás de las lágrimas y la sucesión de los otoños, ella posee a su ciudad en mapa caligráfico, en poema de alfabeto para sordos, en el vuelo de una falda y en la exquisita litografía en sepia de un único helecho delicado y húmedo bajo la fresca sombra de los robles.


Mónica Russomanno y Carrera
russomannomonica@hotmail.com

Hoy, el futuro

Lo hemos visto en los filmes más antiguos de ciencia ficción. Era ese futuro lejano de plexiglás y personas uniformadas. Mientras tomábamos el café con leche, alguna tarde de sábado nuestros ojos infantiles se asombraron frente a imágenes de atrayente y repulsiva limpieza, donde los hombres y mujeres sonreían con dentaduras perfectas y viajaban en vehículos de cristal.

Pero ese futuro ya está aquí.

La Défense es un sitio donde los lisos edificios de acero y vidrio se elevan sobre explanadas de cemento; imponente como las catedrales de la contrarreforma, con el deber de transmitir desde su concepto estético un orden del universo.

Bradbury en los años cincuenta se quejaba de que los arquitectos habían quitado los porches a las viviendas, para que la gente no pudiese declinar el ocio en charlas con los vecinos, en la contemplación del árbol de la vereda, en la suave magia de un ocaso. Las casas sin porche llevaban a la sala, al televisor, a la soledad. Individuos aislados, virtualizando ya entonces el contacto con el resto del mundo.

En los edificios de la Défense no existen cambios de humedad ni temperatura, se han abolido las estaciones, los olores, el polvo. Y la gente demuestra su pertenencia a ese contexto con la extrema contención; no vestirán telas estampadas, renunciarán con minucia a los colores llamativos, ordenarán sus cabellos lacios, y solamente se permitirán fragancias sutiles. Son los que se quitan los olores, se cepillan las lenguas, aspiran a la delgadez para emular la bruñida superficie que los contiene. El caótico mundo de la diversidad no ingresa en esas salas, donde se maneja el mundo.

Cifras y estadísticas, fantasmas de la realidad, datos y porcentajes.

Ese es el universo que digitan los operadores, quienes llegan en el tren aerodinámico, brillo plateado y velocidad. La rapidez, la asepsia, la falta de asideros nos anuncian que todos están de paso, que cada uno es una pieza reemplazable.

En el filme de Jean-Marc Moutout Violencia en tiempos de calma, el joven ejecutivo no ha completado su formación. Se vincula a una mujer común, y vemos a Philippe tan extraño en un departamento abigarrado, pleno de colores y objetos, muebles antiguos y adornitos. Demasiado humano ese departamento, demasiado humana esa mujer con una hija, con una madre, con la calidez de quien se siente conectada a personas con peso y besos e historia propia.

Lo envía la consultora a Philippe a la provincia; a una fábrica de verdad, con el encargo de refuncionalizarla y despedir al personal sobrante.

No hay lugar para las antiguas fábricas donde se conserva al empleado que es viejo y ya no produce óptimamente, ni hay lugar para producciones diversificadas u operarios problemáticos. Hay que comprimir. Y Philippe se debate entre los dos mundos, entre las torres de la Défense y el cuarto de su novia, entre las personas reales y las estadísticas.

Existe la transición desgarradora, la culpa, el sufrimiento. Pero en el final lo veremos descender de su automóvil sin aristas, con su nueva novia sin aristas, y habrá alquilado una vivienda amplia y blanca, despojada. Habrá ingresado plenamente al relato de la realidad del poder, una realidad lisa y matemática, virtual.

El resto del mundo continuará sobreviviendo con historias particulares, con personas que se debaten con el desempleo y la explotación, en casas con fotos y cuadritos en las paredes. Pero no serán la realidad. Aportarán, eso sí, un número en alguna planilla.

La Défense se clona en Tokio, en Dublín, en Buenos Aires. Las nuevas catedrales de acero y vidrio nos explican estéticamente el relato de nuestra época. Y vemos, con asombro y horror, hombres y mujeres que sonríen con dentaduras perfectas, lisos y bruñidos, de acero y cristal.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

Sobre la película de Jean-Marc Moutout Violencia en tiempos de calma”, 2003

No lugar

No lugar es no lugares, no es uno solo, de tanto no ser es muchos, se multiplica; de tanto carecer de identidad es impecablemente igual a sí mismo, reconocible en su aparente falta de señales y ausencia de huellas.

No lugar de los aeropuertos, de los shoppings, de los lobbys de hotel con la misma música difusa, decoración sin personalidad, borrosa gente. Imagen con filtro, fotografía extraviada del álbum, ¿esto era Estambul o Buenos Aires? ¿Este era Julio o Fernando? ¿Y quién soy, yo, en la fotografía?

Como dice Kundera, siempre hay aliados de sus propios sepultureros, gente que se deleita en ser uno más de millones, en no ser reconocido ni reconocer, en que la indiferenciación cree el fantástico tono futurista de un mundo aséptico y dilatadamente uniforme. Andy Warhol proclamando que Moscú no es bella porque no tiene Mac Donald, que Madrid es bella porque tiene Mac Donald. Se ha reparado la falta, ahora todas las ciudades son bellas.

La vestimenta, las comidas, el mismo lenguaje es aplanado por el limbo desdibujado del sitio inmóvil enclavado en el centro del caos. Afuera evolucionan abigarrados colectivos fileteados, mujeres de lustrosas pieles rojizas, aromas de especias. Afuera hace frío o calor, llueve, las voces aferran caligráficos acentos. Afuera es la vida.

En el mercado, el verdulero saluda a Eduardo y le pregunta por Eva, le da la medida justa de tomates que necesita, receta un remedio de la abuelita para el ardor de estómago, exhibe los olores impúdicos de las frutas maduras. En el super o el hiper las normadas bandejitas pesan igual para todos los clientes, el plástico transparente no impide que el tenue perfume a desodorante de ambientes sea el mismo en la sección de carnes que en la de pescado. Y adentro nunca sabrás si afuera nieva o el sol derrite el asfalto, si a media cuadra hay un mendigo que expone las llagas de las piernas al sol, si acaso penden banderas de los balcones. Desde adentro, se puede intentar que el afuera no exista.

Lo bueno es que el subte salga directamente en el shopping, que el taxi nos deje justo en la puerta, que no se cuele ninguna brizna de pasto y nos desarregle el peinado. Ah la epifánica felicidad de no ser, estar invisiblemente, confundirse. Y mirar, sin asombro, los mismos objetos, las mismas marcas en todos los escaparates. Sin sentir miedo ni horror.

El maravilloso éxtasis de estar en un no lugar, es decir no estar, no ser, dejar de haber sido.


Mónica Russomanno

russomannomonica@hotmail.com

Desencantados

Apenas echados los primeros dientes, a poco de pasar caminando bajo la mesa, a instantes del amamantamiento y el sonajero, un rato después, una nada, el niño ya es un adulto en miniatura. Desencantado, incrédulo, feroz.
Están hartos de todo, todo los aburre.
Transcurren por uno o dos años de infancia para luego, así sin transición, arribar a una espúrea adultez o, peor aún, a una vejez cínica y malhumorada.
Antes del primer amor se interpone la burla por la inexcusable tontería de estar enamorado. Antes del primer real dolor, la insensibilidad confundida con estoicismo.
Miedo de ser pueriles a los cinco años, vergüenza, tremenda vergüenza si se los halla disfrutando de alguna bobería. Cómo dejarse sumir en la puerilidad si han pasado casi tres años desde que dejaron los pañales. Ya son grandes.
Con lástima e impaciencia reniegan de las payasadas de los padres, los ponen en su lugar haciéndoles notar que en la vertiginosa altura de sus ocho o nueve años no están ya más para ese tipo de simplezas.
Gusto por la violencia y por la burla. Veo en la página brillante de una revista cuatro pandilleros en actitud desafiante, con rostros que van desde una exagerada mueca maléfica a la inexpresividad del psicópata. Cuatro niños que desde la página brillante publicitan calzado. Cuatro niños.
Que no los molesten con canciones infantiles de osos o ranitas, que no les cuenten cuentitos de hadas con final feliz, que no les pase la mamá la suave mano en suave caricia por el cabello. Eso es para nenes, no para un adolescente de siete pesados años cargados de cien mil imágenes de asesinato, de odio, de la lujuria del sexo sin la ternura del amor.
Cada filme es una enciclopedia, es el in y out, el savoir faire, un código de conducta y el evangelio. Es el compendio de cómo decir la frasecita ingeniosa, cómo burlarse para que duela, cómo ridiculizar cada gesto de buena voluntad y a toda persona demasiado pura. Hasta las películas de dibujos animados se promocionan asegurando que son para todas las edades, que contienen guiños de humor para los padres. ¿Para adultos infantilizados o para niños ancianos?
Les hemos robado la posibilidad de dejar brotar la alegría sin cedazo, esa ternura plena que si no aparece en esa época quizás se seque para siempre. Les robamos la sinceridad, lo espontáneo.
Y creemos que son más inteligentes cuando repiten frases y actitudes machacadas desde las pantallas; que son genios tecnológicos cuando saben responder obedientemente a las señales de las máquinas, como obedientemente salivaba el perro de Pavlov con la campana.
Cuánto daño, cuánto plato roto, cuántos trozos de vidrio por los suelos.
Algún niño sonriendo como niño se entretiene con su autito. Alguna nena feliz dibuja con tizas de todos los colores en el pizarrón de la tristeza, algunos saltan a la cuerda. Aunque el futuro los llegue, habrán disfrutado en su momento justo la justa porción de felicidad.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

miércoles, 21 de septiembre de 2022

Adónde volver

Uno envidia a quien es capaz de desnudarse, de dejar las prendas y los lenguajes, abandonar la merienda servida e irse; irse lejos, atravesar países tiempos y gentes. Todos sentimos alguna vez esa inclinación a soñar con el mar, con los caminos que se pierden, con horizontes difusos que borren el asfixiante aquí y ahora.

Se puede viajar, si, es posible disolver la pertenencia en escapadas, en huidas tempranas o tardías. Es posible cortar las cintas que nos aferran a la tierra, a la familia, a los amigos. Se puede, aunque sea esta una empresa de personas marcadas por algún secreto signo que no está visible en la frente.

Lo que perdura allá en un fondo de pozo con sapo y luna, es el miedo a no tener adónde volver.

La vida entera es la dificultosa construcción de aquel sitio que nos reciba al fin de la jornada. Puede que sea un intento fallido; que al acabarse la partida sólo un gato sigiloso murmure su aprobación solitaria a la viejita olvidada entre muros silentes, o que por ser el último en abandonar el ferrocarril, el anciano quede con los naipes en la mano, vacías las sillas de sus compañeros ya desvanecidos.

Pero habrán tenido puerto para la charla amable o ácida. Habrán hecho sus nudos de amores u odios donde fuesen reconocidos, donde la familiaridad les prestase un entorno que sintieran propio, intrínsecamente propio. Odiado puerto, amado puerto el del fin de la jornada, pero una amarra que nos contiene cuando el embate del mar. El vértigo absoluto de un viajero es no tener adónde volver.

Y no nos engañemos, viajamos tanto los que se van y pasan de vida a vida como los que nos quedamos, y hacemos rutina de veredas fatigadas. Todos debemos retornar a casa cuando el crepúsculo nos trae. Y algunos, no tienen adónde volver.

Quién escuchará la narración efímera de los incordios del día, quién compartirá la mesa, quién respirará quizás en otro cuarto, quizás en otra casa, pero quién respirará nuestro aire.

En qué lugar habrá una caja con fotografías de nuestra infancia, quién preguntará cómo estás, y aguardará la respuesta. Y, si me voy, quién recibirá mis cartas.

El vértigo absoluto de un viajero es no tener adónde volver.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

El clamor de la sangre

Toda  situación en proceso es difícil de evaluar. Los sentimientos, la falta de información o la sobra de ella, la falta de perspectiva, esa perspectiva que da el tiempo cuando los resultados finales sean ya sopesables, medibles, definitivos. Toda situación en trámite, situación del ahora cambiante y todavía en parte ignoto es un disparar contra un blanco móvil.

Decir judío en mi infancia era recordar los campos, era ponerle horror a la memoria, evocar los uniformes y las botas de cuero contrastando con las víctimas indefensas. Decir Israel era recordar la construcción de jardines en el desierto, era pensar en los barcos llenos de desheredados que ningún país quiso recoger, y que fundaron valientes y tenaces su propio lugar.

Decir EEUU en mi infancia era evocar los muchachos de blancas dentaduras llevando la libertad a una Europa dominada por tiranos. Era el sueño de la vida limpia y perfecta de familias limpias y perfectas en casas inmaculadas.

Ahora las víctimas y los héroes siguen jugando de víctimas y de héroes en los relatos. Pero los relatos ya no convencen.

Los abuelos cremados en los hornos no legitiman las acciones de los nietos, cuando los nietos son quienes fabrican los nuevos guetos. Y es una pena que sea así. Es una de las formas de la traición ésta la de escudarse en un pasado trágico para ocultar los recientes cadáveres de niños sobre sábanas ensangrentadas.

Los conflictos jamás son de fácil resolución. Nunca. Y menos cuando la historia se remonta a miles de años, a una concepción del mundo, a una idea de raza, cultura, religión. Cada uno tiene sus razones atendibles y coherentes. Cada uno puede argumentar y defender y rebatir.

Pero se acumulan los cadáveres, pero la sangre será vengada con más sangre que será vengada. Anatema. Solución final. Y el organito toca una y otra vez la misma canción para que baile el monito. Que tiene una navaja.

En la Alemania de Hitler los alemanes comprendían y aceptaban las razones del régimen. Hitler tenía razón, había una necesidad de recuperarse de la humillación de la primera guerra, había que mejorar el estándar de vida, y argüía razones históricas, políticas, de cultura, de raza, de una concepción del mundo. Algunos alemanes en la misma Alemania, pero más aún alemanes en el exterior trataron de dar la alarma. Esos traidores de siempre.

Ahora he podido leer la condena de judíos a las acciones de Israel. Estos traidores contemporáneos.

No puede caerse en la simplificación. Nada es simple, ni un minuto de la vida de una persona ordinaria es simple. Lo que haga piense crea sueñe o deje de hacer responde a miles de variables, a miles de razones y valores y en definitiva a la historia del universo.

Pero la muerte es un término absoluto. Cuando alguien mata está clausurando una vida y está abriendo la puerta a los demonios. La sangre, dijimos y lo dicen las antiguas escrituras, clama al cielo. La sangre de Abel clamó al cielo, y Dios inquirió a Caín por la suerte de su hermano.

Judíos y palestinos son hermanos. Como dijo Kusturica, una guerra no es una guerra hasta que un hermano mata a otro.

Ya no podemos más ver a los israelitas como los descendientes de los hombres y mujeres que sufrieron el horror. El respeto por la situación de víctima se diluye cuando la víctima se calza las botas del verdugo. Y los espigados muchachos de cabellos cortos y blancas dentaduras no son más los adalides incuestionables en la defensa de la libertad.

Es para que nos abrume una tristeza infinita esto de que los hombres siempre hallen las razones y la justificación para las masacres. Es para llorar con lágrima y gemido destemplado que seamos tan coherentes para formar el relato que finaliza con un disparo, una explosión, un estallido de mutilación y muerte. Es definitivamente descorazonador que los retratos de los héroes se nos despinten en los muros.

Mientras tanto, la sangre clama al cielo indiferente. Y los hermanos se matan.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

Desde la noche

Es la madrugada, afuera crece el silencio, se escucha la brisa en las hojas brillantes de luna y estrellas.

Quién pudiera ver a los amigos en sus camas de soledad, almohadas cabezas brazos gentiles, los párpados dados al reposo al hambre de lo que durante el día no fue, a los recuerdos que llegan desde las lejanías del tiempo. Quién pudiera abrazar con el cariño su descanso, su revolverse en las sábanas. Quién pudiera.

Si deseo ahora, en el silencio de la alta noche, de la baja madrugada, en esta hora de insomnios de promesas, en esta hora en que el espejo es cruel con la ilusiones; si deseo ahora que la felicidad toque las frentes de los amados, si deseo para cada uno un pequeño toque de felicidad, un gran toque, si deseo en este momento de nada, de fin de día sin comienzo, en esta hora de partidas y adioses y de lechuzas, si deseo que las manos abriguen, que los cabellos se destejan, que un soplo cortes, cálido, amable, si deseo un poco de amor o de lo que sea, quizás de amor que otra cosa no se me ocurre para los amigos. Si deseo una caricia de amor para cada uno entre las sábanas.

Y mientras tanto afuera navegan nubes prófugas, vagos destrozos, jirones evanescentes navegan el negro. Y no tienen miedo, creo. Las efímeras nubes surcan mi pequeño cielo y no temen la inmensidad, no crujen los dientes, no tiemblan, se desatan y se estiran y se dejan ser. Quién pudiera tener la inconsciencia de una nube.

Sobre las casas de mis amigos de párpados cerrados las nubes dibujan figuras, se adelgazan en signos. Y ellos duermen, tan ellos mismos, tan tiernos en la noche, tan solitos pobres ellos.

Hoy yo velo y los acuno, y les canto bajito un noni noni, y no les puedo revolear el pelito pero les digo noni noni. Noni noni mientras el cielo gira hacia el amanecer.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

domingo, 18 de septiembre de 2022

De la inmovilidad como garantía

Dijo Macedonio que si no quedaba pan viejo para el día siguiente, que si su hija llegaba por la tarde a acabarse el pan del día, que si la hija que propiciaba el conjuro no se pinchaba el dedo con la aguja al coser, dijo que si todas estas cosas ocurrían invariablemente, la muerte no lo hallaría en su cuartucho, no lo sacaría de su madriguera tibia.

Y dijo Alfredo que de niño no quería ir a la escuela, y que se daba en esa época y esas horas en el patio a la imitación de los vegetales. Parado en silencio, tenía la mágica ilusión de que convertido en ficus por simple inmovilidad, pasaría inadvertido.

En las noches de terror de la infancia, yo, que sabía que el espanto estaba suelto en la oscuridad, me tapaba con sábanas y frazadas, intentaba la no respiración, el no latido, la quietud sin fisuras que no arrojase ondas que atrajesen a los depredadores.

Quietos, quietos. Que si no nos come el lobo.

Quietos que los espantos están desencadenados. Quietos que sube la marea. Quietos que llega la muerte repartiendo naipes de baraja española.

Y al que se quedó quieto lo arrastró el agua, lo llevó la mamá a la escuela, tuvo pesadillas como yeguas nocturnas. El que se quedó quieto fue descubierto igual. El que se quedó quieto perdió el juego, perdió el tiempo, perdió la vida.

Perdió.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

El silencio por supresión

Cuando llegó del supermercado empezó por dejar las bolsas encima de la mesa, y enseguida buscó lo que necesitaba frío; haciendo equilibrio con las salchichas, un corte de cerdo y las bandejitas con pollo trozado, abrió la puerta de la heladera y no se encendió la luz. Pensó que se habría quemado la bombilla, pero en el freezer el hielo era agua dentro de las cubeteras, y las milanesas habían perdido su rigidez. Quizás había dejado de funcionar desde el día anterior, pero recién ahora lo notaba.

Justo ahora, se dijo, pero siempre el día de hoy es el peor momento para que algo salga mal. Justo ahora, se dijo, justo ahora que hay que comprar la ropa de los chicos para el colegio, los útiles, los libros, y se acumulan los gastos de inscripciones y cuotas. Se recostó contra la mesada, justo ahora.

Después de suspirar y peinarse con la mano el cabello, le tocó timbre a la vecina y le preguntó si tendría lugar para dejarle algunas cosas en su heladera. Puso todo en una bandeja y volvió. La vecina le objetó que estando los artículos descongelados no era bueno recongelarlos, que hay que consumirlos o tirarlos. Sucedió la argumentación; ella que no, que en un documental explicaron que no es malo volver a congelar los alimentos, que no, que para nada, y había la cosa de la ruptura de las paredes celulares que cambia la textura pero no hace que las cosas se echen a perder, y mientras tanto con la bandeja arriba de la mesada de la vecina, y las cosas tan a la vista, los envases abiertos, esa desprolijidad expuesta a extraños.

Pero que no importa, de veras, en serio que dijeron que se pueden volver a congelar los alimentos descongelados, y la vecina que no se convencía y ella que se sintió absurda dando explicaciones, casi suplicando que le ponga las cosas de una vez por todas en el freezer, y se hubiese ido si no fuese porque mantenía la sonrisa y la paciencia porque necesitaba salvar la mercadería, más aún ahora que quién sabe cuánto iba a costar el arreglo de la heladera.

Por fin volvió a su casa y se le endureció el estómago cuando pensó que debería decirle al marido que la heladera no funcionaba. Justamente la heladera, que era una de las cosas que habían perdido su existencia.

Si lo que no se nombra desaparece, es como si no estuviese o jamás hubiese existido, entonces en su casa había una enorme cantidad de objetos fantasmas.

Para que ocurriese la desaparición de la heladera había sido lo del hijo menor. Dos años atrás le regalaron un triciclo, y a causa del entusiasmo que le produjo el triciclo rojo, la misma mañana del cumpleaños no esperó a salir a la vereda, se subió a su triciclo y cuando intentó girar en la cocina, la rueda trasera chocó contra la puerta de la heladera y le dejó una dolorosa herida arañada con pintura roja sobre la pintura blanca.

Desde entonces, hacía ya dos años, la heladera había pasado a formar parte de la casta de los innombrables.

Una vez que hubo gritos motivados por algo, el lugar o el objeto involucrado quedaba anulado del registro de realidad de la familia. Era una norma jamás enunciada, pero los niños la acataban perfectamente con esa comprensión animal de los niños por los climas espesos, los rostros mudos y las expresiones de los cuerpos torturados. Habían comprendido perfectamente, los niños, que una vez borrado algo de lo visible y señalable, debían obedientemente enceguecer sus propios ojos a lo molesto, a lo acaso peligroso.

La mujer se dijo que para comunicarle al marido que la heladera no funcionaba, debería nombrarla, decir la heladera no funciona, y ese nombrar la heladera la traería de vuelta a la realidad tangible, y otra vez quedaría expuesta la rayadura roja sobre la pintura blanca, y sería nuevamente el grito, quizás el golpe. Pensó en llamar al service sin decirle al marido, pero jamás lograría que la arreglasen antes de la cena cuando la necesidad de hielo para el vino con soda la dejase expuesta.

Quizás pudiese llamar al service y guardar silencio, y el marido al abrir la heladera no hiciese comentarios, y la heladera siguiese en modo de fantasma, y el marido quizás se contentase con fruncir el ceño y mantener un silencio más espeso y no otra cosa. Quizás se pudiese sortear el mal trago, quién sabe.

Y justo ahora, se dijo, justo ahora tiene que aparecer la heladera. El televisor no se nombra desde que la nena se levantó sigilosamente en la noche a ver el final de una novela, y el padre salió de la cama y arrancó el enchufe de la pared. El piletín está armado todavía en el patio, y los chicos lo usan, pero no se habla de él desde que salpicaron demasiado, el agua llegó a la calle y un inspector municipal les levantó una multa.

La mujer recorrió la casa y faltaban tantas cosas. Tanto sinsabor había desdibujado, uno a uno, el respaldar de una cama, una de las bicicletas, la puerta del placard de los chicos, el piso del baño, un estante del pasillito. Y aquello también, y la azucarera, y tanto más.

Miraba desde el recuerdo la casa, y veía su hogar cuando todavía no faltaba casi nada, y se podía hablar de la cortina, del colibrí en las flores azules, de la película en el cine y de aquellos amigos que, también, uno tras otro habían ido desapareciendo.

Abrió la guía telefónica para buscar un service de heladeras y habló resignadamente. Recién mañana pasarán a hacer un presupuesto.

Sentada con las manos sobre el regazo, la mujer anheló el día en que ella y sus hijos demuestren su absoluta, su inocultable incorrección frente al marido, y puedan desaparecer finalmente, escapando, por fin, de su mirada.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com

El hombre que calla

Dijo “no, gracias”. Dos palabras, pensó, está bien, perfecto, simple y fácil. Sensación de tranquilidad, todo encaja, las esferas se desplazan sin escollos por una superficie pulida. Epifanía.

Hace ya demasiado tiempo que cuida sus frases, cuenta mecánicamente las palabras, tacha las que se pueden obviar, siente la satisfacción del avaro que economiza un céntimo.

Es un hombre que calla. El silencio ha venido quedándose a su alrededor como una neblina de esas que al mirar por la ventanilla del autobús se levanta de los bañados, y son jirones y luego un humo transparente y finalmente desaparece el paisaje y sólo los altos follajes sobreviven a la irrealidad.

No es un silencio definitivo, alguna que otra vez una palabra necesaria se le desprende y muere apenas pronunciada. Escuetas frases concedidas a la cortesía, una respuesta, una pregunta o un pedido con el número imprescindible de voces. Ejercicios de contención, sus sentencias son como las palabras cruzadas del periódico: cuadraditos, casilleros más blanco y negro que pintura impresionista temblorosa de pinceladas y manchas.

Este hombre cuando habla sigue callando y no sabe, él mismo, que cuando habla calla.

Ahora sonríe al portero y la sonrisa reemplaza al “buenas tardes”, cabecea al compañero de trabajo y se ha ahorrado un saludo, afirma con un gesto y descuenta un “sí”.

Por alguna razón hay datos que se afirman como pilares y se tornan encadenantes. Ciertas supersticiones generan ritos que nos acompañan en lo cotidiano. Habrá quien se avenga a la pueril pulserita roja contra la envidia, quien se persigne cuando transite frente a una iglesia, quien tire sal por sobre el hombro izquierdo cuando involuntariamente tumbe el salero.

En algún momento se le unieron informaciones desparejas. De pequeño leyó o escuchó que los animales tienen el latido de su corazón ajustado de acuerdo a la longitud de su vida, las especies longevas tienen un ritmo cardíaco más moroso, las efímeras redoblan pulsaciones dilapidando impulso vital. Así el pequeño corazón del colibrí es un tamborcillo enloquecido, mientras que los corazones de las lentas tortugas laten con la parsimonia adecuada a su longevidad. Habría entonces para cada uno un número prefijado de sístoles y diástoles, y cada carrera o susto acerca al individuo a su muerte. Pensó en algunas excepciones, se preguntó si esto dado por verdadero en líneas generales será, precisamente, una generalización al gusto de las divulgaciones de nota de relleno en el periódico, o de las páginas de noticias insólitas.

Como todo aquello que nos conmueve, quedó en él sin necesidad de prueba o confirmación. El hecho de dudar de la veracidad del dato lo hizo más cercano a lo mágico y verdadero en cuanto a ser un artículo de fe.

Reflexionó sobre el número exacto de inspiraciones y exhalaciones a lo largo de una vida, en la precisa cifra de parpadeos, en el número de pasos posibles, en toda esta finitud de acciones, esta contabilidad incógnita y sin embargo precisa y finita.

Aquel niño se sentará un determinado número de veces antes de morir. No sabe él el número, no lo sabe su madre, pero es indiscutible que el número existe. Debiese estar ocioso el Dios que llevase las cuentas de todos los mortales, que cuántas veces ha dormido éste y que cuántos pasos le quedan a aquél, pero supone que no es imprescindible contar las hojas que quedan en el árbol para que caiga la última, y del mismo modo determinados actos se gastan. Entonces es bueno y necesario hacer economías y ser cauto al ir entregando las monedas para retrasar la bancarrota inevitable.

Tantas veces me habré calzado, tantas me cortaré el cabello, tantas veces producirá la médula un glóbulo rojo, uno más.

Matemática secreta, oculta, roja, de sangre y órganos, de acciones húmedas, acaso reprobables.

Pensó en los óvulos que nacen con la niña y poco a poco se liberan a su destino de procreación. Todos ya allí desde la beba sonriente en su cochecito. Los futuros hijos, uno por uno los óvulos, muchos, pero ciertamente no infinitos, y uno de ellos, el último.

No practicó el sobresalto, se alejó de parques de diversiones y deportes para no malgastar el número exacto de latidos que se le destinan. Y no fue nunca un hombre que temiera a la muerte, sino que sintió hacia los días futuros cierta clase de extraña avaricia.

Luego, y también por una de esas razones que se pierden en lo borroso, sintió que para él había un número exacto y prefijado de palabras que podría utilizar. Y las palabras entonces –se dijo- no será que las palabras también están contadas en el racimo que nos pertenece. No será que cada palabra achica el período de gracia, no será que al gastar los verbos, los sustantivos, no será que con la palabra de menos nos acercamos a la muerte.

La muerte como bolsillo vacío, como hueco.

Economía.

Sin percatarse demasiado, fue escardando sus frases hasta convertirlas en esqueléticas ramitas invernales. Cada adjetivo era un derroche, alguna vez comparó las descripciones a fumar un cigarrillo que fuera tapando los bronquios y envenenando lentamente los pulmones para provocar el colapso último.

Pero no es algo que meditase todos los días, y si le preguntáramos el por qué de su laconismo lo juzgaría producto de su carácter o de la mera costumbre. Antes, mucho antes de los psicólogos y las terapias ya sabíamos que cada acto es resultado de factores lejanos y sumergidos en el olvido. Ni tan siquiera es necesario creer en algo para ajustarse a sus reglas, seguramente reconocería lo absurdo del razonamiento si se detuviese en ello, pero ya habituado a la caligrafía japonesa de su vida, encuentra natural que para describir un temporal basten cinco líneas en un árbol y un cabello enloquecido.

Pensar la frase perfecta, la más breve. Abreviar, cortar, suprimir. Alejarse del precipicio final a través del ahorro.

Este escaso intercambio verbal se refleja en una notable sequedad en el trato, en poca transmisión de sus sentimientos y, finalmente, en sentir cada vez menos. Nada para decir, nada para compartir si cada palabra tiene un precio que pagará indefectiblemente.

Las palabras dichas son monedas que se alejan de la bolsa, las palabras pensadas se van recortando también, y la pizarra superpoblada de la niñez, llena de dibujos con tizas de todos los colores se le ha ido tornando pantalla de ordenador, campo blanco y letra destacada.

Tamaño ejercicio de estilo lo ha dejado en soledad. Tiene una esposa que lo tolera, dos hijos que lo soportan, compañeros que no notan su ausencia. A su lado florecen las narraciones y los grafitis, las conversaciones se entrecruzan y millones de informaciones innecesarias se derraman y gotean. La gente charla de lo importante y lo intrascendente, mienten, exageran, repiten.

Este hombre que calla es un palote negro, un redondo silencio en la sinfonía turbia de vientos y cuerdas enloquecidas.

“No, gracias” ha dicho. Perfecto, simple y fácil.

Llegará el día en que tanto ahorro encuentre la necesidad de ser dilapidado. Se suicidará sin pastillas ni soga de nudo corredizo. Será por despilfarro. De buenas a primeras comenzará a hablar y pasará del balbuceo al canto, del canto a los pensamientos inconexos, a las estrofas inabarcables y a la superposición de colores. Se le brotarán recuerdos y tirará adverbios a las fuentes, no reparará en gastos y a sus nietos les repetirá el mismo cuento hasta que las páginas manoseadas se manchen de masita de chocolate y crema de leche.

Pero este hombre todavía calla. Le resta un poco de tiempo, aún, para la liberación.


Mónica Russomanno
russomannomonica@hotmail.com